Gilmer Mesa confiesa que le tiene miedo a la muerte, y que todos los días de su vida, piensa en la de él 

Fotos | Juliana Restrepo Santamaria | LA PATRIA | PEREIRA |

Gilmer Mesa confiesa que le tiene miedo a la muerte, y que todos los días de su vida, piensa en la de él 

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Gilmer Mesa visitará a Pereira el 20 y 21 de marzo. En su visita, el autor paisa de libros como La Cuadra y Aranjuez, hablará de los tópicos de su obra marcada por las ausencias, la violencia y la ternura, y también realizará un taller. 

Estos eventos son el preludio de la Feria que se realiza en la capital risaraldense en el segundo semestre del año.

Antes de que el escritor viaje desde Medellín a la Perla del Otún, habló con LA PATRIA sobre sus libros, la nostalgia, los miedos y las tendencias que hoy agobian a la capital antioqueña. 

Yo soy del barrio, mi socio

De Mesa se ha dicho mucho en el tiempo reciente. Se compara su voz con el tronar de un trombón, su obra con una puñalada dulce y su vida como el compendio de la Medellín de finales de los 80 y principios de los 90 del siglo pasado. 

Pero al hablar Gilmer es más que eso. Tiene sus historias –las suyas, las de su familia y las de parte de su barrio– arremolinadas en el estudio de su casa. Las visita con la paciencia de un artesano y con la disciplina de un deportista. 

“Me gustaba mucho que me contaran historias. Y después entendí que también podía contarlas. Entonces recopilé todas las historias que mi mamá me había contado, las que se contaban en el barrio y las historias que nos unían como amigos que era la música, las historias que estaban sobre todo en la salsa”.  

Para él que tuvo como patria, después del vientre de su madre, la cuadra donde conoció el tumbao que tienen los guapos al caminar, escribir es un acto de nobleza con los que ya no están. Por eso su obra es una mezcla entre el silencio de la muerte y la dulzura de los recuerdos. 

“Yo creo que incluso he escrito más para no llorar, que para llorar, porque creo que también es una forma noble de transitar esos dolores, convertirlos en arte, hacer algo, una historia que los contengan donde se puedan dar posibilidades que quizá la vida real no nos pregunta: reflexiones, no sé, cambiar el giro del destino”.

Sobre la vida de Gilmer han operado fuerzas que algunos llaman azar o destino y que le han permitido tejer afectos. En cada uno de los momentos de su vida encontró las complicidades que hoy lo tienen como uno de los escritores más reconocidos del país. 

“Yo no soy ingenuo y no desconozco el montón de problemas que tienen muchas cosas, como el barrio en que vivo o los barrios populares, y entre ellas la criminalidad, jodidez, muertos, violencia. Pero ahí también se tejen redes que son muy importantes de afecto”.

Gilmer es un escritor urbano o como dice la canción de Markolino que cita en uno de sus libros Yo soy del barrio, mi socio. Para él, en ese trasegar de callejones, han operado varias fuerzas que lo tienen caminando el mundo de la literatura, pero a él le gusta nombrar una de ellas definida por los griegos clásicos.

“El sentido trágico de la vida es cuando uno ya deja de considerar que la muerte es simplemente un tema ajeno a uno y empieza a tener conciencia, no solo de la muerte en sí, sino de que la próxima es la suya. Es un reloj de arena que empieza a contar. Ya no lo ves tan arriba, sino que empezás a contar los granitos.
Ya sea porque te estés sometido a una situación peligrosa constantemente o porque inexorablemente el tiempo pasa y el destino final de todos va a ser la muerte. Sin embargo, cuando ya se transita muchas muertes cercanas, eso se hace palpable, y en mi caso, además tiene una cosa jodida y es que todos los días pienso en mi muerte”.

Del chaleco al gabán 

Gilmer llegó a la escritura por descarte. Despues de sobrevivir al asesinato de su hermano mayor, el baloncesto le dio un motivo para existir y consigruió una beca para estudiar. En su primer intento fracasó y luego, como un guiño de la vida, terminó inscribiéndose en Filosofía. 

“Descubrí la literatura por la filosofía y por los amigos. Llegué a una facultad donde tres personas —Juan Diego, Beatriz y David — me recibieron con una generosidad increíble. Ellos me mostraron la literatura”.    

La obra de Mesa está llena de historias de su barrio. Lo novedoso de su estilo es la narración desde adentro, desde el personaje que vivió cada una de las muertes, la drogadicción, los excesos y las promesas del narcotráfico en una comuna de clase media baja

“El chaleco no es una metáfora mía, es una metáfora del barrio y es como esa protección que tiene uno por tener cierta cercanía con alguien que se mueva en esos distritos del hampa”.

El “chaleco” de Gilmer fue su hermano. Al ser mayor y entrar en las dinámicas del crimen que tenían en su cuadra en plena juventud, mantuvo a Gilmer siempre desde una distancia prudente. 

Luego llegó el gabán. La literatura le permitió tejer afectos, abrir compuertas hacia otros lugares que antes no tenía en su perspectiva, pero sobre todo la metáfora con esa prenda tiene que ver con la calidez que encontró cuando estuvo lejos de su patria o lo que para él es todo territorio que esté fuera de su barrio. 

“Ni siquiera el blazer o la chaqueta, sino un gabán, como algo que me protegió no solo del frío, sino que me daba una apariencia y que me da un atuendo en el qué habitar el resto de la vida”.

Sobre una tumba humilde

Las palabras se convirtieron en su herramienta. Con ellas volvió al pasado y sostuvo a sus seres queridos en un abrazo que vuelve a repetirse cada vez que alguien lee

“La nostalgia tiene sus bemoles. A mí a veces me gusta mucho vivir en el pasado y a veces me cuesta también. Pero creo que si lo comparamos, me cuesta más vivir en el presente, hay muchas cosas que me molestan y que sobrevivo a ellas recurriendo al recuerdo, a otras formas que se dieron y que ya las tengo y que las atesoro, que supongo son las que me van a permitir llegar con una cara amena a la hora final”. 

En las historias de Gilmer se sienten las ausencias. El padre, la abuela, el hermano. Los amigos que fueron arrastrados por la violencia. Pero no hurga en la herida para aplicarle sal, sino que también describe los tejidos de bondad de su barrio.  

“Ante la inminencia de la desgracia aflora la solidaridad, aflora la simpatía por ser capaz de sentir lo que el otro está sintiendo. Soy capaz de contribuir a que esa tragedia y ese dolor amaine o se lleve de una manera mucho más suave”. 

De nuevo los afectos. Esa conexión –metafísica si se quiere– de unirse en medio de la tragedia, no solo como un impulso sino como una acción continua que permite sobrellevar lo siniestro de la vida. 

“Yo creo que nadie puede jerarquizar el dolor del otro. Y mucho menos irrespetarlo.
Yo creo que si algo hay que respetarle a la gente, es el miedo y el dolor, pues eso es muy personal y cada uno tendrá que bregar a sobrellevar de la mejor manera. Hay que tratar de estar ahí para el otro cuando se enfrente a sus miedos y a sus dolores”.

Franqueza cruel 

La escritura de Gilmer puede entenderse como honestidad brutal, o para seguir haciendo el símil con la salsa –de la que él se siente afortunado y hasta recibe una suerte de ética–, es una especie de franqueza cruel. 

Su obra nace de lo vivido. De su experiencia como adolescente en Aranjuez, y por eso reflexiona sobre las tendencias actuales que convirtieron en moda ser de barrio popular, mercantilizando formas barriales en productos desechables. 

En la lógica del mercado todo se convierte en un producto consumible, incluso la tragedia o la desgracia de sociedades que intentan seguir adelante con el peso de sus muertos, como la paisa. 

“Están haciendo productiva la propia desgracia. Están haciendo productos consumibles de lo que ha sido históricamente una desgracia –pasando por alto los asesinatos, las cosas atroces, las violaciones, los secuestros que se han dado en todos estos barrios olvidados de la centralidad–. Ese es un mecanismo que siempre se ha utilizado: la manera de banalizar a los grandes temas, es quitándole los fondos y dejando las formas”.

Esas tendencias se vuelven virales en redes. Videos en drones desde terrazas de casas pobres, escaleras eléctricas, lugares para la foto. Toda una infraestructura para que el turista se sienta bien, mientras que los habitantes continúan con su día a día.  

“Un tipo millonario, y que no está mal que sea millonario, solo que nunca ha tenido un contacto directo con un barrio, y además no le importan los problemas reales, viene a posar de popular porque trae un carro que nunca se ha visto en el barrio para hacer un video, del cual después se va a olvidar para siempre, porque solo le interesó el rumor, que se hablara de que pasó por un barrio.
Pero no, no pasó, solamente se metió lleno de guardaespaldas y un carro para hacer dos tomas y un reel”.  

La esperanza que se visualiza al final del camino, es que, como toda tendencia producida por un mundo voraz de contenido, la turistificación de los barrios populares no durará para siempre

“A mí esa turistificación de los barrios me parece deleznable y me parece que es hacerle mucho el juego a una narrativa falsa, y como toda narrativa en algún momento también caerá. Ahora es que está de moda, pero en dos o tres momentos deja de estarlo y volvemos a ser los mismos”. 

Maestra vida 

“Escribir en mi caso es la absoluta desconfianza todos los días. Yo siempre que me siento en el computador digo: esto no sirve para un culo. 
Ya después voy creyendo que sí, porque mucha gente me dice que sí, ahí lo voy aceptando”. 

Gilmer sigue mostrando su carácter barrial. Su literatura y el reconocimiento no le ha nublado la mente. Por el contrario, todavía crecen espirales de duda que logra apagar con su esfuerzo diario y con la voz de personas cercanas. 

“Es una pelea todos los días contra esa voz en la cabeza que le dice a uno que no, que no sirve. Toca empecinarse en que sí, en que puede que haya algunas cosas que sí valgan la pena y tener aliados que le hagan creer a uno que sí. Como en todo en la vida”.

Su lucha ha sido mostrar la vida sin arandelas o sensacionalismo, exhibir su adolescencia, contarle a un país cómo se sobrevive en un escenario en constante disputa, donde los jóvenes tienen que decidir pronto qué mundo los absorberá. 

El llamado que hace Gilmer es a dignificar el barrio, la esquina, la cuadra, a ver las comunas como lugares donde también crecen las pasiones humanas, como en cualquier country o club de la alta sociedad. 

“Los barrios no somos objeto de estudio. Somos quienes hemos padecido un montón de cosas, pero que también en realidad somos seres humanos con las mismas contradicciones, con las mismas mezquindades, con las mismas alegrías, con los mismos afectos. Es decir, yo creo que la gente desvirtúa las cosas: por mirar desde afuera creen que somos distintos, y no, los seres humanos en general somos parecidos en aspiraciones. Todo el mundo quiere triunfar en la vida, creo yo”.

 


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