Foto | Gobierno del Quindío | LA PATRIA
Luego de 31 años de consumo, “Grande” reconstruyó su vida y hoy es parte del paisaje urbano del pueblo.
En Montenegro, Quindío, hay un hombre que casi siempre pasa desapercibido, aunque está a la vista de todos.
Quien se detiene a observarlo entiende que no solo vigila carros: también cuida la movilidad, ayuda al que carga mercado y saluda al que pasa con el mismo gesto que lo caracteriza desde hace años: “Dios los bendiga”.
Su nombre es Hernando, pero para la mayoría del pueblo es simplemente “Grande”, un apodo que hace justicia a sus casi dos metros de altura y a la historia que lleva marcada en la piel.
Grande es uno de esos personajes que permanecen en la memoria colectiva de los pueblos del Eje Cafetero. Figura conocida, querido, respetado y, para muchos, ejemplo silencioso.
Lo encuentran siempre en la carrera quinta, con su trapito rojo en la mano y los pantalones café, custodiando motos y carros a cambio de unas monedas, algún billete si hay suerte, o un gracias. Es educado, atento y cuidadoso. Solo falta los domingos: día sagrado en el que va a la iglesia y del que no negocia su asistencia.

Consumo de drogas y años en la calle
Su historia, sin embargo, no siempre tuvo este tono de calma. Nació en Montenegro y cayó joven en las drogas tras la muerte de su madre, un golpe que lo lanzó a una soledad profunda.
Entre callejones, parques y puentes conoció lo peor de sí mismo. Comió tostadas y “naranjitas”; durmió donde lo sorprendiera la noche. Durante 31 años, su vida se consumió en dosis y respiros cortos.
Muchos jóvenes del pueblo lo veían pasar sin entender la dimensión del infierno que cargaba. Él mismo dice que hoy ese es el problema: creer que “uno está bien”, cuando en realidad solo se está acelerando la destrucción.
El quiebre familiar y la atención médica
El punto de quiebre llegó por obra de otro personaje importante en esta historia: su hermano, José, quien un día lo encontró tirado en la calle.
Primero intentó ayudar con dinero, creyendo que serviría para comida y alojamiento. Después vinieron semanas de visitas, tensiones y engaños, hasta que Grande amaneció hinchado, con dolores insoportables.
Las drogas ya no solo drenaban su vida, ahora atacaban sus pulmones. Su hermano lo llevó al hospital; luego vino un segundo ingreso, más largo, más duro, más decisivo. Pasó más de un mes internado, y por primera vez la vida pendía no del vicio, sino de la medicina.
La salida no fue sencilla. Los pulmones no funcionaban solos y necesitaba una pipa de aire. Su hermano insistió: “Vaya a la iglesia, Dios lo puede sanar”.
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Grande se negó varias veces, sin fe ni esperanza. Fue más por cansancio que por convicción. Pero según cuenta él, allí ocurrió lo que llama “la gloria de Dios”: semanas después, el dolor mermó, la respiración volvió y la pipa quedó guardada. No volvió al hospital.
Hoy —y así lo recuerda el municipio en el 2026— Grande vive en su casa, trabaja cuidando vehículos y hace domicilios en moto gracias al apoyo de su hermano. Conversa con todos. Es querido. Es respetado. Es una presencia constante en la calle, como si después de décadas de habitar la oscuridad hubiese decidido quedarse definitivamente en la luz.
Una historia que interpela al consumo juvenil
Su historia, conocida por unos y por otros intuida, encierra una reflexión sobre el consumo de drogas en los jóvenes, sobre lo que se calla en los pueblos y sobre la fe como camino posible entre muchos otros. “Dios los bendiga”, dice Grande a cada quien que pasa. Y Montenegro lo escucha.
Entre los cafetales y las calles tranquilas del Quindío, la vida de un hombre que estuvo al borde de la muerte funciona como recordatorio de lo frágil que es la existencia y de lo mucho que vale la mano extendida a tiempo. Su hermano lo hizo. La fe terminó de empujar. El resto lo hizo Grande, a zancadas largas, como siempre.
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