Dos artistas de 18 y 2 años de experiencia cuentan cómo ha sido su aprendizaje y evolución en la capital de Caldas.

Fotos | Marcelo Ocampo | LA PATRIA Dos artistas de 18 y 2 años de experiencia cuentan cómo ha sido su aprendizaje y evolución en la capital de Caldas.

LA PATRIA | Manizales

Rubén Bedoya tiene 39 años y lleva 18 como tatuador en Manizales. Yo tengo 24 años y desde hace dos comencé en este mundo de tinta indeleble.

Nuestro proceso en este oficio está marcado por, además de la diferencia de edad y experiencia, las formas de aprender en distintas épocas.

Él se formó con el ensayo y el error, casi desde lo artesanal. Yo he contado con el respaldo de mentores como Rubén y Julián Cardona, la tecnología, la información digital y una industria más abierta. Ambos nos encontramos gracias a la pasión por el arte en la piel.

Rubén empezó cuando tatuar no era común ni bien visto. Aprendió en casas, en locales prestados y en barrios como El Nevado, donde abrió su primer estudio formal en el 2011. Allí pasó siete años que hoy define como su gran escuela.

“Aprendí a hacer cover-ups, a tapar tatuajes mal hechos. Eso me formó la mano y el criterio”, apunta.

Al principio, cuenta, le tocaba armar las máquinas de manera artesanal con motores reciclados de carritos o grabadoras, soldaduras improvisadas y agujas de mostacilla, que compraba en tiendas de adornos, y unía con hilos. Tatuaba sin guías claras. Los referentes locales eran pocos.

“Acceder a la información no era tan fácil como hoy en día. A duras penas existía YouTube o algunas herramientas de internet. Todo era muy empírico”.

En esos años, recuerda, incluso pegar un stencil se celebraba como una victoria. Las tintas no estaban pensadas para la piel y se usaban productos industriales cargados de metales pesados.

Bedoya fue afinando su estilo y trabajando en distintos lugares. Primero abrió un local con una amiga esteticista, Para Toda la Vida; se trasladó a Parque Caldas; luego la pandemia lo obligó a tatuar desde su casa, regresó al local con un nuevo nombre, Body Art; y hoy dirige, junto a su esposa, Sofía Gutiérrez, el estudio 4ever en en la carrera 21 a un costado de la estación del cable aéreo de Fundadores, un espacio que reúne a ocho artistas y funciona como colectivo creativo.

El aprendizaje

Yo pertenezco a otra época para el tatuaje en Manizales. Llegué a este oficio desde el diseño gráfico, después de cursar siete semestres de ingeniería electrónica. Mi motivación nació del dibujo geométrico y de la posibilidad de explorar estilos diversos.

Mi primer tatuaje lo hice el 2 de noviembre del 2023, en el tobillo de mi hermana Daniela, una pequeña llama que marcó el inicio de mi proyecto Saintless Tattoo.

He ido aprendiendo con tutoriales, referencias y catálogos digitales al alcance de la mano.

Rubén recuerda que antes los clientes escogían los diseños de revistas impresas. “Eran catálogos gigantes de tatuajes genéricos, tribales, dragones. El diseño no era tan avanzado como ahora. Hoy en día te van a pedir cosas loquísimas, lo que la gente tenga en la cabeza, lo pide”, afirma.

Actualmente, en mi proceso de aprendizaje veo que en la ciudad predominan tatuajes de realismo en blanco y negro, los animales detallados y las frases minimalistas. Para mí, Manizales sigue siendo conservadora, pero ya no es sorpresa ver piel tatuada en jóvenes y adultos.

Rubén Bedoya tiene su estudio de tatuaje, 4ever Tattoo, en la carrera 21 con calle 31, a un costado del cable aéreo.

La experiencia

Las herramientas también explican la brecha generacional. Bedoya sufrió con máquinas de bobinas pesadas que se descalibraban, recalentaban y exigían fuerza y paciencia. La llegada de las máquinas rotativas y, luego, de las pen inalámbricas cambiaron la forma de trabajar. “Uno sabe que la prende y va a responder bien de principio a fin”, dice.

En cambio, yo aprendí desde el inicio a controlar voltajes, cartuchos y calibres con precisión técnica de las pen, apoyado en manuales, videos, práctica constante y disciplina.

El miedo, sin embargo, no distingue edades. Rubén aún siente nervios en cada pieza: “Hay momentos de confianza absoluta y otros de duda profunda, una montaña rusa asociada a cualquier proceso artístico”.

También recuerdo mis primeros tatuajes con ansiedad, pese a la confianza de quienes se ofrecieron como lienzo. Ambos coincidimos en algo: la responsabilidad de dejar una marca que la persona lleve con orgullo.

La experiencia es el punto donde las dos generaciones se encuentran. Valoro a los veteranos que comparten conocimiento cara a cara, más allá de internet.

Rubén encuentra sentido en los tatuajes restaurativos, en cubrir cicatrices o errores del pasado y devolverle seguridad a quien se mira al espejo. Ahí, señala, el oficio cumple su función más profunda. A veces un abrazo y una reacción genuina son la recompensa más gratificante que tenemos los artistas del tatuaje.

Entre máquinas, tintas, revistas gastadas y perfiles de Instagram, el tatuaje en Manizales avanza. Cambian las herramientas, los caminos y los lenguajes, pero persiste la misma búsqueda: convertir la piel en un territorio de expresión, paciencia y aprendizaje.

Marcelo Ocampo lleva dos años tatuando, su trabajo puede verse en la cuenta de Instagram @saintless.tattoo.


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