Llegamos a media noche a la desembocadura del río Yapurá en el Solimoes. Allí, en una roca, se encuentra el poblado de Santo Antonio donde debimos pasar, no hubo otra alternativa, la noche más horrible, asquerosa, peligrosa y nauseabunda de nuestras vidas. Me niego a contarla aquí por respeto a los lectores. Podré narrarla de viva voz en alguna ocasión. No es que mis oyentes no merezcan respeto, sino que no quiero que el relato quede impreso. Son dos cosas muy diferentes, relato impreso y relato oral; en este último caso se puede solicitar primero la venia de los oyentes y atenerme a lo solicitado. Al día siguiente de la terrible noche, continuamos nuestro viaje remontando el río Amazonas hasta llegar a Leticia.
Habíamos llegado en avión a Puerto Santander, a orillas del río Caquetá. Allí teníamos amigos. Contratamos una lancha que nos bajó un trecho por el río para luego entrar por las bocas del Yarí, el río de la historia de “Mi alma se la dejo al diablo”, magistral relato de Germán Castro Caycedo. El choque de las aguas de dos ríos, es un paisaje habitual en la selva: la mezcla de las aguas de un río blanco con las de un río negro. Los dos colores luchan durante un trecho hasta que por fin triunfan las del río más caudaloso, en ese caso el Caquetá.
He explicado varias veces que los ríos que vienen de la Cordillera Oriental, arrastrando el barro y los sedimentos de la montaña, son de color barroso, llamado blanco en la selva. Así es el Caquetá. Y los ríos que nacen en la entraña de la selva, como el Yarí, llevan aguas negras, de gran belleza, negras donde el río es profundo, y rojo-anaranjadas en sitios de poca profundidad. En este caso “el triunfador” es el Caquetá, que de todos modos seguirá su curso de allí en adelante con aguas menos blancas debidas al caudal recibido de las aguas negras del Yarí.
Y al avanzar el Caquetá, como dijimos en el artículo anterior y al ir recibiendo nuevos afluentes, sus aguas cada vez serán menos blancas. El Cahuinarí, el Miritiparaná y el Apaporis le entregan una carga poderosa de aguas negras.
Al entrar, remontando el Yarí, se penetra en otro mundo, se viene de un río caudaloso, muy ancho, blanco y ruidoso, el Caquetá, y se penetra en los dominios de otro río, negro, silencioso y más íntimo, el Yarí. Aguas arriba, no tan lejos llegamos a un grupo de rocas que se levantan en la mitad del río. Se trata de Piedra Campana, sagrada para los indígenas de la zona. Ya sabíamos de ella por habérselo oído al propio Germán Castro Caycedo.
Saltamos a tierra, exactamente a roca. Buscamos un pequeño guijarro y con él golpeamos la famosa Piedra. En efecto, el sonido que se produce es limpio, y agudo, el sonido de una campana: tilín. Excelente augurio para las duras y bellas jornadas que nos esperaban hasta el corazón de Chiribiquete.