Hay que regresar, una y otra vez, a los clásicos, en sus personalidades y en sus obras. La noción de “clásico” es el tiempo el que la define, para apreciación en campos de las artes, las ciencias, la literatura... Podremos estimar en ese atributo a Sócrates, Confucio, Montaigne, Spinoza, Beethoven, Goethe, Picasso,… H. Arendt, Einstein, M. Yourcenar, Borges, M. Zambrano, Rulfo, Gabo,… Por fortuna, innumerables. Ahora me ocupo de Goethe, en virtud de haber descubierto un libro muy singular: “Goethe – La ley de la vida”, de Gerhard Masur (Ed. ABC, Bogotá 1939; con especial prólogo de D. Baldomero Sanín-Cano).
Sanín-Cano en las páginas liminares consideró a Goethe semejante a Da Vinci, por la visión universalista y con la capacidad de emular con Baruch Spinoza al penetrar con sutileza en la intimidad de la naturaleza y del espíritu humano. El singular y maravilloso libro de Masur hace personal estudio de Goethe sobre la infancia, la juventud, la madurez y la perfección en sabiduría, con detalles de sus obras fundamentales e intercala poemas, en las magníficas versiones de Guillermo Valencia y Otto de Greiff.
G. Masur (1901-1975), académico e intelectual judío que en el afloramiento del nazismo le tocó huir de Alemania, y por particulares circunstancias llegó a Colombia en 1935, e incorporado al Ministerio de Educación Nacional fue director y profesor del departamento de Filología e Idiomas en la Escuela Normal Superior (1936-1951), histórica y singular institución, modernizadora, creada por Alfonso López-Pumarejo para formar una élite intelectual que se dedicara al estudio del país, con docentes e investigadores en número significativo de inmigrantes, donde se formaron los primeros científicos sociales, además de algunos en las ciencias básicas.
Masur en su libro examinó con criterio la vida y la obra de Goethe, en quien descubre influencia de la Ética de Spinoza, con las características integradoras de Dios y Naturaleza, la condición indispensable de cada ser para cuidar su existencia y hacer de esta la mejor realización. Asimismo, Goethe asimiló el conocimiento en el modo como las emociones influyen en la vida, y tuvo por igual la comprensión en la trascendencia de la razón para conseguir la libertad y la felicidad. La naturaleza del conocimiento y la comprensión de la realidad fueron por igual preocupaciones en su desarrollo y aplicaciones, con singular énfasis en la necesidad de desplegar libertad y autonomía en las personas para las respectivas aplicaciones, en especial la investigación y la enseñanza.
Su fervor por Weimar, ciudad que lo estimuló, donde el conocimiento de profunda cercanía con Schiller, en principio por la ciencia, dos grandes poetas, aunque sustantivamente diferentes. En sus conversaciones con Eckermann expresó lo maravilloso que sería disponer de lo positivo como lo recto y verdadero. Sus obras consideró haberlas escrito para personas selectas con parecido a él mismo y, por tanto, nada de ser populares.
En el estudio sobre el granito (roca ignea) hizo gala de combinar la exactitud de la investigación con la imaginación poética. Tuvo en Weimar desempeños administrativos y de gobierno, y en algún momento se consideró frustrado por la proliferación de los odios en los partidos políticos, y buscó refugiarse en su hogar, en especie de autoexilio.