Nuestro Maestro Guillermo Botero (1917-1999) fue un personaje extraño, desde pequeño fue rebelde, pero con rebeldía a lo establecido como cuestión estática y consagrada. Su espíritu lo lanzó a buscar manera de manifestar el sentir de poblaciones y de ideas elaboradas en el estudio y el ajetreo riesgoso por los caminos.
Pronto se empinó en el dibujo y fue delineando su futuro con diversos materiales, en su trajinar por escuelas de arte y por la audacia de asumir la intuición ambiciosa para desgarrar materiales diversos. Formado en el trabajo intenso fue diestro en el tratamiento de los más diversos elementos: la piedra, la madera, la cerámica, los productos volcánicos, el vidrio... Nada le era ajeno. Además, por su formación intelectual acentuó el tono poético en sus obras materiales, con manifestaciones en la palabra hablada y escrita. Hombre grande, de los grandes en realizaciones, con obra de admirar en los espacios públicos, en las colecciones privadas de diversos países latinoamericanos.
En los años finales se dedicó a escribir la memoria de su vida, ya con su corazón enfermo y supérstite de un cáncer de garganta, publicada en 1997 por la Universidad Nacional de Colombia, en Manizales, en una modesta edición de 390 páginas, que tituló “Y fue un día”, con dibujos de su pluma en carátula e interiores. Obra en la que dialoga con el Yo, especie de otro, y por páginas dispone de narraciones noveladas, con apuesta por el acontecer de su vida. Su vena poética tiene constantes expresiones metafóricas en sus páginas. Dijo crecer con un por qué en la garganta, como manera de acentuar dudas con los deseos de abrirse camino, sin sujeción a las formas ideológicas dominantes.
A comienzos de los años cuarenta (s. XX) es beneficiado con beca departamental y viaja en principio a Ecuador y Chile, donde hace escuela de alta exigencia, y luego va a dar a Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, y permanece veinte años en ese peregrinaje de aprender, hacer obras y divulgar su pensamiento en conferencias y páginas de los periódicos.
En Montevideo, Botero sienta cabales y conoce a la bella maestra de Tacuarembó, Mirta Negreira-Lucas (1921-2007), con quien acierta a establecer vida en común, con matrimonio civil, y luego católico por exigencia del Concordato en Colombia.
Compra un lote cerca del mar y construye casa-taller, en Shangrilá, con singularidad de techo inclinado, con el deseo de disponer la entrada, de esa manera. Tuvo despliegue de obras, como el caso de dos grandes murales en el aeropuerto de Carrasco. Actividades múltiples, encuentros variados, en cercanía por ejemplo con Pablo Neruda y Atahualpa del Cioppo, y una vida de fervor por el oficio, con acento en la madera y en la cerámica, con la técnica clásica.
El maestro Guillermo Botero regresa a Colombia, por Manizales, en marzo de 1961. Instala su casa-taller, y con Mirta frecuenta viajes a Montevideo, al refugio de su casa de Shangrilá. Manizales se enriqueció con sus obras esparcidas por lugares públicos y en colecciones privadas, producto de su genialidad en la madera, la cerámica, el vidrio modelado, la lámina de cobre. Y dispuso como singular soporte el predio rural “La María”, que era de su padre, con producción en especial de café, sombrío de árboles madereros y frutales, preservando el cuidado ambiental.
El área cultural del BanRepública-Manizales, ha programado un recorrido por sus obras en la ciudad, que comienza el 17 de abril, fecha del nacimiento del Maese.