La doctora Rosa Ortega, misionera y médica que ha entregado gran parte de su vida a los rincones más necesitados de África, lanzaba hace poco una afirmación que sacude nuestra lógica occidental: "En África no hay depresiones". En un continente marcado por la carencia material y la precariedad, uno esperaría encontrar un terreno fértil para el desánimo. Sin embargo, la doctora señala una realidad inversa: es precisamente en nuestras sociedades de la abundancia donde el alma parece haberse quedado sin oxígeno.
¿Cómo es posible que en el continente del hambre no se conozca el vacío existencial que hoy devasta a nuestra juventud hiperconectada y sobreprotegida? Esta paradoja nos obliga a preguntarnos qué estamos haciendo mal. En nuestro mundo, donde el "cómo" vivir está resuelto -con tecnología, techos seguros y acceso inmediato a casi cualquier deseo-, lo que se ha extraviado es el "para qué". La depresión, en muchos de estos casos, no nace de una patología aislada, sino de un vacío existencial profundo. Es la enfermedad de quien lo tiene todo, pero siente que no es necesario para nadie.
El doctor Albert Schweitzer advertía que lo que comúnmente llamamos "madurez" suele ser, en realidad, una resignada sensatez. Para navegar mejor entre los peligros y las tormentas de la vida, el hombre moderno se ha visto obligado a aligerar su embarcación. Por el camino, ha arrojado por la borda una cantidad de bienes que no le parecían indispensables: los ideales, el entusiasmo por la justicia, la capacidad de asombro y la confianza en la bondad. Ahora navega, sin duda, con mayor agilidad y menos peso, pero se muere de hambre y de sed.
Este es el retrato de cientos de nuestros jóvenes. Poseen la ligereza de una vida sin cargas ni compromisos aparentes, pero carecen de las provisiones espirituales que dan sentido a la travesía.
El contraste que describe la doctora Ortega es revelador. En las comunidades africanas la vida es una lucha compartida, la supervivencia es un tejido colectivo en el que todos se necesitan. Esa interdependencia es el mayor antídoto contra el sinsentido. Mientras el joven africano encuentra un propósito en cada amanecer, porque sabe que su esfuerzo es vital para otros, el joven occidental se ahoga en una autosuficiencia que no llena el corazón.
Quizás el error ha sido confundir el bienestar con la felicidad, convenciendo a las nuevas generaciones de que el éxito consiste en evitar el esfuerzo. Pero la experiencia humana coincide en algo fundamental: el individuo solo se encuentra a sí mismo cuando se entrega a una causa superior. La falta de sentido es, en última instancia, una desconexión con la realidad y con el prójimo.
No se trata de idealizar la pobreza, sino de recuperar esa "riqueza espiritual" que surge cuando la comunidad prevalece sobre el individuo. Estamos a tiempo de proponerles a nuestros jóvenes la aventura de rescatar esos bienes que tiramos por la borda. La vida no se cura recibiendo, sino dándose. Al final del día, la lección es demoledora: solo somos plenamente humanos cuando dejamos de ser consumidores de existencia para convertirnos en protagonistas de una misión.