Hace unas semanas hice un experimento que no podía anticipar cuánto me iba a mover. Tengo 3 grupos de estudiantes que suman 93 jóvenes universitarios, entre primero y cuarto semestre. Ingenierías de alimentos, sistemas, biología, veterinaria. 20 años en promedio. Cerebros inquietos, llenos de futuro. Les pedí que cerraran los ojos y se proyectaran 55 años adelante. Que se vieran como se imaginaban al tener 75.
El resultado de alguna manera me lo esperaba, pero no con tanta contundencia. El 92% se vio con limitaciones de salud. Movilidad reducida, incluso con dificultades para conducir. Vieron algunas formas de demencia. Un 60% se imaginó retirado en zona rural, lejos del ruido. Y el miedo más repetido, casi unánime: la soledad. Irónico, porque la mitad me había dicho minutos antes que no quieren tener hijos. Dado que el propósito de la asignatura es emprender e innovar, buscamos encontrar problemas de millones de personas y al preguntar por causa raíz, uno de ellos advirtió algo potente: "la causa raíz de todas mis dificultades es ser viejo".
Como si envejecer fuera, en sí mismo, el diagnóstico. Este pedacito de realidad me tocó profundamente, porque me hizo entender que no estábamos ante una simple anécdota de clase, sino ante un sesgo estructural. El taller se llamaba "El futuro eres tú", pero ellos estaban viendo el pasado. Pasamos a la segunda parte del taller. Les pregunté: ¿cuánto creen que habrá evolucionado la tecnología en 55 años? ¿Qué pasará con la inteligencia artificial, con la medicina, con los ODS?
El cambio fue inmediato. Casi todos llegaron solos a la misma conclusión: los problemas de hoy no serán los mismos. La IA transformará el diagnóstico y tratamiento médico, la movilidad, el aislamiento. Muchas de las limitaciones que habían imaginado... simplemente no existirán “hipotéticamente”. Y ahí está el aprendizaje de fondo: el sesgo no estaba en su visión del futuro tecnológico, estaba en su visión del envejecimiento.
Proyectaron el pasado -la vejez de sus abuelos, la de sus vecinos, los estereotipos que el cine y la publicidad llevan décadas construyendo- hacia adelante y se apalancaron con la pérdida que dan los “años”. Y eso es exactamente lo que hace el mercado. Lo que hacen las empresas. Lo que hacemos todos, casi sin darnos cuenta.
La nueva longevidad no es solo un problema de política pública. Es primero un problema de narrativa. Y la narrativa empieza en la cabeza de un estudiante de 20 años que, cuando cierra los ojos, todavía ve a un anciano débil donde debería ver a alguien con 75 años de criterio acumulado, de red construida, de propósito vivo. Si no cambiamos esa imagen interna, las estrategias de economía plateada pueden no funcionar. Ningún producto, ningún servicio, ninguna política pública.
Me pregunto, ¿la conciencia sobre la longevidad activa cuando debe empezar? Y digo: Ya y en cualquier lugar. Incluso en un salón de clase. Con ojos cerrados y 55 años por delante, pero no de cualquier manera. Eso me enseñaron 93 estudiantes hace unas semanas.