La tabla sonríe. Corre a favor. De lo contrario "apague y vámonos".
¿El próximo partido ante el Pereira, sin triunfos?... !Ojo!, no hay enemigo pequeño y no se gana con falsas expectativas, sin ver rodar la pelota o desde los micrófonos.
En el caso del Once Caldas, no hay alarma inmediata. Pero el juego preocupa. Se pierden los automatismos ya trabajados, aparecen las dudas, el manejo de los espacios, a favor y en contra, es irregular y no conectan las ideas.
Hay virtuosos improductivos por sus excesos y defensores que por desconcentración ponen al equipo en peligro.
Clasificar no es una utopía. Pero si una obligación. Se requiere una enérgica reacción sobre todo de los jugadores que por estos días viven del aplauso y muestran poco. Por fortuna, como se ha dicho, hay dependencia directa de los resultados propios y no de los ajenos.
El Once es un equipo de contrastes. En ocasiones demoledor. En otras es previsible e inconsistente. Algunos jugadores no paran de fallar. Otros, desesperados, corren sin pensar.
No es tiempo para las excusas. Así no alcanza. Es la hora de replantear, de responder: más actitud, menos verso.
La presión de los aficionados aprieta. Es normal. Se escapan los puntos, se enfrían las ilusiones. Se pierde la intensidad.
El buen entrenador sabe cuando florecen sus ideas y cuando se marchitan.
En el fútbol una situación se torna difícil cuando nadie escucha. Cuando no hay autocrítica. Cuando no se aceptan los errores y, por ello, no se corrigen. Peor aún, cuando desde afuera todo se justifica. Cuando el técnico ve bueno, lo que la tribuna ve malo. Y el jugador entra en modo "sálvese quien pueda".
Cuando no rinden los intocables.
El éxito es de los luchadores. El fracaso de los pusilánimes. En la cancha se habla con la pelota y no con la boca en llamas. Los privilegios, cuando los hay, se revalidan con triunfos.
Hay tiempo. En el Once Caldas hay jugadores, hay juego. Pero, pequeño es el margen del error y de la tolerancia en las tribunas, porque los desengaños fatigan.