La semana pasada murió el último de mis tíos.  Era Rafael. Ahora hacemos parte de la generación de los que comenzaremos a morir uno a uno, sin excepción. Si se sigue el dictado popular nuestros hijos nos enterraran, porque “La paz es la época en la que los hijos entierran a sus padres, mientras que la guerra es esa en la que los padres entierran a sus hijos”.
Murió con dignidad, honesto y decente, buen hijo, buen esposo, buen padre, buen hermano, buen familiar. No le quedó debiendo nada a la vida, se fue tranquilamente para la insondable eternidad, a la que también llegaremos, sabiendo que entre las dos eternidades que linderan nuestra vida, el antes de nacer y el después de morir, nos comportamos como seres únicos, solos, irrepetibles, soledosos, acompañándonos de personas, amigos, familia, hijos, que comienzan el mismo recorrido, sabiendo que el ayer ya no existe y que el mañana no ha llegado, solo tenemos el hoy para vivirlo a plenitud, con dignidad, disfrutando de la alegría de la vida, con sus dificultades incluidas inherente a ella, que sirven para templarnos la personalidad, el espíritu y el comportamiento.
Para los que todavía están vivos, es la oportunidad de entender que todo es finito, nadie se lleva nada, lo único de valor será lo que dejemos en el recuerdo de los otros, hasta que llegue el inexorable olvido. La muerte hace parte del ciclo de la vida, no tenemos que buscarla, ni provocarla, no podemos quitarle la vida a otra persona por motivo alguno, diferente a la legitima defensa. La eutanasia, la ortotanasia, la muerte provocada, con autorización de autoridades y con la decisión que puede tomar cada persona, no son temas que valgan la pena discusión. Ella llegará en el momento menos esperado sin hacer ruido, porque la muerte y su guadaña son silenciosas y recatadas. En nada se parecen a la “morida” que puede ser larga y penosa, ante la cual cada uno a su manera determina que hacer, sin que otra persona pueda intervenir en esa decisión personal e intransferible.
Bien lo decía Jaime Sabines en su poema: “No es que muera de amor, muero de ti, amor, de amor de ti, de urgencia mía de mi piel de ti, de mi alma, de ti y de mi boca y de lo insoportable que yo soy sin ti. Muero de ti y de mí, muero de ambos, de nosotros, de ese desgarrado, partido, me muero, te muero, nos morimos. Morimos en mi cuarto en que estoy solo, en mi cama en que faltas, en las calles donde mi brazo va vacío, en el cine y los parques, los tranvías, los lugares donde mi hombro acostumbra tu cabeza, y mi mano tu mano y todo yo te sé como yo mismo.
Morimos en el sitio que le he prestado al aire para que estes fuera de mí, y en el lugar en que el aire se acaba cuando te echo mi piel encima y nos conocemos en nosotros, separados del mundo, dichosa, penetrada, y cierto, interminable. Morimos lo sabemos, lo ignoramos, nos morimos entre los dos, ahora, separados del uno al otro, diariamente, cayéndonos en múltiples estatuas, en gestos que no vemos, en nuestras manos que no nos necesitan. Nos morimos amor, muero en tu vientre que no muerdo ni beso, en tus muslos dulcísimos y vivos, en tu carne sin fin, muero de máscaras, de triángulos oscuros e incesantes.
Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo, de nuestra muerte, amor, muero, morimos.  En el pozo de amor a todas horas, inconsolable, a gritos, dentro de mí, quiero decir, te llamo, te llaman los que nacen, los que vienen de atrás de ti, los que a ti llegan. Nos morimos, amor, y nada hacemos sino morirnos más, hora tras hora, y escribirnos y hablarnos y morirnos”.
Ante esa realidad de la vida finita, de la muerte segura con su devenir infinito, debemos repensar en lo que hacemos, cómo lo hacemos, para qué lo hacemos y por qué lo hacemos. La vida nos da solo una oportunidad de aprender y es en el día a día, aprovechando cada instante como si fuera el último, para disfrutar el siguiente y el siguiente, si acaso los tenemos. No podemos olvidar que el poder de Tánatos es implacable y es mayor que el poder de Eros. Tampoco podemos desperdiciar el tiempo. Tenemos que vivir a plenitud, mientras dura la vida.