La madre soltera de Celeste era muy inconsciente y dejó que la pequeña fuera criada por una vecina.
Gracias a Dios, Amanda era la buena madre de Anita y, poco a poco, se fue ganando el corazón de esa niña sin amor.
La acogió desde los siete años y con paciencia logró que cambiara sus rabias y rebeldía por un buen obrar.
Cuando la abrazaba le decía: “Tus ojos azules hacen juego con tu nombre. Ámate y actúa como un ser celestial”.
Una noche Celeste se despertó temprano y oyó la voz suave de su madre adoptiva hablando en otro cuarto.
Con sigilo se acercó a la puerta y vio que, en un estado de relax y con los ojos cerrados, repetía:
“Gracias Dios por tanto amor, cuidas, acompañas y proteges a mis hijas Anita y Celeste a las que amo con todo mi ser. Ellas serán faros de luz para muchos y paso a paso sabrán que vinieron a este mundo a amarse, amar y ser felices”. Ese día inició una nueva vida para Celeste.
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