A esta altura del tiempo están virtualmente consolidadas las cifras electorales del 8 de marzo. Que Colombia vive un momento de inflexión política parece ser una verdad inapelable. Como nunca antes la izquierda logró ser mayoría, minoritaria, pero mayoría, en el Congreso. Tendrá una voz potente y legítima en un escenario que le fue por mucho tiempo inasible.
Por lo que se sabe, habrá un Congreso sumamente fragmentado; no le quedará fácil al gobierno, cualquiera sea el que llegue, tramitar sus iniciativas. Los términos de transacción consubstanciales a las relaciones entre el Congreso y el Ejecutivo tendrán que estar mediados por la disposición al diálogo y la capacidad de consensuar.
Es innegable que al país le vienen tiempos difíciles: a un entorno internacional complejo tienen que sumarse las dificultades fiscales del Estado, y la violencia e inseguridad que no dan tregua. Esos asuntos y otros delicados como el de la socorrida constituyente, la salud y el marco jurídico para la paz, harán parte de una agenda legislativa bien compleja.
Lo interesante y retador será la disposición al diálogo; la pluralidad de actores por su origen político y la naturaleza de su representación, harán inexcusables debates más amplios, discusiones más reflexivas y conversaciones más edificantes.
Este ambiente saludable solo se podrá mantener si el gobierno que llega logra entender que su primera responsabilidad es construir gobernabilidad. Como ocurre en casi todos los regímenes presidencialistas del mundo, el candidato que gana la presidencia muchas veces no obtiene las mayorías en el Congreso. Esta circunstancia lo obliga a cohabitar con fuerzas políticas distintas, con las cuales pacta acuerdos de gobernabilidad.
En Colombia lastimosamente a esos pactos se llega casi siempre por las vías de las canonjías, el clientelismo o la mermelada. Hay que reformar de fondo el sistema político- electoral.
Qué distinto al mecanismo de transacción que se utiliza en democracias más serias: el Partido Demócrata de los Estados Unidos, obligó, por ejemplo, recientemente al presidente Trump a suavizar las políticas antiinmigrantes ejecutadas por el ICE, (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas), después de los desafueros cometidos por esta agencia en Minneapolis, bajo la exigencia de no aprobarle algunas iniciativas de reformas presupuestales.
Ahora bien, el hecho de que los dos partidos políticos mayoritarios hayan participado en el debate electoral a partir de listas cerradas, le otorga cierta claridad al horizonte legislativo: estos partidos son dos colectividades claramente diferenciadas en sus idearios políticos, tienen una sólida organización interna, imponen más eficazmente la disciplina y están mucho más válidamente expuestas al escrutinio de la opinión.
Ojalá que la izquierda que siempre se opuso a una reforma electoral que impusiera las listas cerradas, ahora entienda que buena parte de su éxito electoral se debió a la cohesión y disciplina derivadas de esta circunstancia. Demostró el Pacto Histórico que no obligatoriamente la lista cerrada implica la imposición del bolígrafo porque como lo hicieron también con éxito, la consulta popular que implementaron fue el mecanismo idóneo para legitimarla y avanzar también con la justicia de género al imponer las listas cremallera.
Desde este punto de vista, la izquierda supo leer más acertadamente la realidad política del país e introducir a partir de ahí elementos novedosos a su quehacer electoral. Esta circunstancia la sintonizó de manera más orgánica con la opinión y le permitió usufructuar con eficacia la extraña popularidad de la que goza el presidente Petro.
Y mientras tanto los partidos históricos, el Liberal y el Conservador, vueltos jirones: no tienen vocación de poder (sin candidatos presidenciales), norte ideológico, conexión con la opinión, y organización.
Sobrevivieron por muchos años gracias a la manguala, a la confabulación de muchos actores, legales e ilegales, para rotarse el poder y ejercerlo, solo ellos, y a veces contra quienes no hacían parte de ella.
Lastimosamente las prácticas de algunos sectores de la izquierda, desde el Gobierno y en el proceso electoral, nos dicen que tampoco está vacunada contra el virus de la manguala que tanto daño le ha hecho a nuestra democracia.