La alegría es un asunto personal; e intransferible, como dicen algunas invitaciones, para que no sean cedidas a alguien distinto del destinatario. En cambio, sí, la alegría puede ser contagiosa y colectiva.
El temperamento huraño, esquivo, es otro paseo. Inherente a muchas personas, es parte de su ser y las identifica como un rasgo físico. La gente suele evitar a los huraños, porque su compañía dista mucho de ser grata; es aburrida, deprimente.  He ahí una diferencia de los seres humanos con las demás especies animales.
Platón, muchas de cuyas teorías permanecen vigentes, pese a los más de 2.500 años trascurridos desde la Academia que fundó en el Ágora ateniense, definió a los hombres como “animales racionales”, con capacidad para decidir por sí mismos y cambiar de conducta y opinión: es decir, no obrar simplemente por instinto.
Cada ser humano es un mundo, con características individuales, tanto físicas como mentales, mientras que en las otras especies los animales obran igual, lo que se llama borreguismo.
La anterior divagación sirve para entender por qué la Navidad, celebración creada por hombres, ha mutado con el tiempo, adaptándose a nuevas costumbres y estilos de vida, como parte de un proceso evolutivo de la comunidad cristiana. Así, a la idea original de Francisco, el santo de Asís, creador del pesebre, símbolo sencillo, tierno y rico en significados del milagro del nacimiento del Mesías, le aparecieron el escandinavo Papá Noel y el gringo árbol de Navidad, por influencias culturales y el esnob, que distintas generaciones imponen.
Tales influencias hasta en política se dan. Líderes y caudillos tienen el raro poder de cambiar la conducta de las comunidades, hasta el límite de lo absurdo. Para muestra, los resultados de las elecciones presidenciales en las naciones democráticas, que acusan variables incomprensibles, resultado de reacciones diversas que inducen a los electores a cambios de opinión que son materia prima para analistas, sociólogos y politólogos, cuyas conclusiones son subjetivas y no influyen para nada en la conducta de los pueblos.
“El mundo es cosa vaga, variable y ondeante”, sentenció acertadamente el filósofo Montaigne, que le sirvió a Barba-Jacob de epígrafe para su Canción de la vida profunda.
Para ubicarse en el tema que se quiere tratar, hay aspectos de mucho valor humano en la celebración navideña de los cristianos, como los encuentros familiares, que convocan costumbres, afectos y reconocimientos. Entre ellos, la degustación de platos tradicionales, el intercambio de regalos y los brindis que a los ancianos les son permitidos por esa vez. La Navidad es la oportunidad para verter lágrimas por los ausentes definitivos; conocer recién llegados a las familias, por uniones de parejas; celebrar triunfos y reconocimientos (académicos, deportivos, artísticos, etcétera); y expresar el júbilo que inspiran los recién nacidos. La pausa navideña, con su alegría, fortalece los espíritus.