Hace poco leí un libro que sembró en mi alma una inquietud: escribir un artículo sobre esos objetos que llenan el espacio de nuestras vidas. Pero por mucho que intentaba escribirlo, no lograba darle el tono literario que quería. El libro que leí tiene como título: “Guía del paseante”. Su autor es Rigoberto Gil Montoya, un escritor nacido en La Virginia. Pues bien: en la página 63 encontré un artículo cuya lectura me hizo regresar a los tiempos de la infancia. Se titula Metafísica de los objetos. ¿Por qué razón me hizo volver a esos tiempos? Porque habla de cosas que vemos en la casa, y que permanecen ahí, como hablándonos con su lenguaje de silencios.

En el artículo Metafísica de los objetos Rigoberto Gil Montoya se pregunta: “¿He admitido alguna vez la posibilidad de que los objetos cercanos a mi decidan rebelarse, manipulados, agobiados, al sentir que prestan un servicio útil o meramente decorativo sin recibir nada a cambio?”. La respuesta la da el mismo escritor cuando afirma que “nadie puede negar que hay algo de misterio en los objetos que nos rodean”. Con estas palabras el autor quiere explicar que el tic tac del reloj en la sala, la llave para abrir una puerta, el jabón para bañarnos y la máquina con que nos afeitamos son cosas que llenan el espacio de nuestras vidas.

Las cosas arriba mencionadas son apenas una parte de esos elementos que necesitamos en la vida diaria, y que de no encontrarlos en su sitio nos dañan el genio. Desde la infancia vienen la plancha para arreglar la ropa antes de irnos para la escuela, las máquinas para moler el maíz, el cuaderno para hacer las tareas, la caja de betún para lustrar los zapatos, el televisor donde veíamos Hechizada y la crema dental para lavarnos los dientes. Estos objetos “acompañan la soledad del ser como testigos invaluables de nuestro destino terreno”, sentencia el escritor.

Pero hay en las casas objetos que despiertan nostalgia en nuestra alma: la cama donde dormimos, el taburete donde nos sentamos, el espejo donde nos miramos, el reloj donde advertíamos el correr de las horas y la camándula colgada de una puntilla clavada en la pared con la que nuestros padres nos convocaban a rezar el rosario. Todas estas cosas tienen un destello afectivo en nuestros corazones, dijo el escritor Raymond Carver. ¿Quién no recuerda la correa con que el papá nos castigaba cuando no obedecíamos sus órdenes, el costal en que cargábamos los plátanos y la toalla con la que nos secábamos al salir de baño?

Rigoberto Gil Montoya se pregunta: “¿Cómo imaginar un espacio interior sin objetos que digan algo de ese ser que allí habita?”. Yo le respondo: En la edad madura los seres humanos recordamos con alegría las cosas que en la casa paterna nos hicieron felices: la bicicleta que nos trajo el Niño Dios, el carrito de plástico que nos regaló un tío, el libro infantil que recibimos de un amigo cuando hicimos la Primera Comunión y la cartilla Alegría de leer donde aprendimos las primeras letras. Ahora otros objetos llenan nuestros espacios: entre otros, los libros que hemos leído, el celular que llevamos en el bolsillo y el vehículo en que nos movilizamos.