En psicología el miedo es una emoción básica de supervivencia que nos alerta ante el peligro y nos prepara para reaccionar. Corrientes como la psicología Gestalt y la psicología social crítica muestran que el miedo no solo nos defiende, sino que condiciona la forma en que vemos el mundo, y moldea nuestras decisiones colectivas. Cuando el miedo toma el control dejamos de responder al riesgo y empezamos a filtrar toda la realidad a través de su lente, priorizando el susto sobre la libertad.

La Gestalt lo explica con claridad: nuestra mente separa siempre la figura del fondo en cada experiencia. Lo amenazante se vuelve la figura principal, empujando todo lo demás al olvido. En el ámbito social y político, esto genera un efecto dominó: la gente busca refugio en la seguridad antes que arriesgarse a ejercer la libertad. Orden por encima de participación activa. En teoría los derechos siguen intactos, pero en la práctica se evaporan porque ejercerlos asusta. El miedo no clausura la libertad, la hace tan incómoda que la dejamos de lado voluntariamente.

Aquí entra la paradoja central con la libertad. Ser libre significa lidiar con incertidumbre, asumir responsabilidades y tomar decisiones propias, y eso precisamente despierta ansiedad profunda. Desde hace décadas la psicología social observa cómo respondemos cediendo ese peso a líderes carismáticos, instituciones fuertes o narrativas que venden protección a cambio de obediencia. No hace falta censurar, basta con que el temor vuelva costosa cualquier decisión autónoma. La libertad formal sobrevive, pero su ejercicio se marchita.

Lo mismo pasa con la dignidad, que no es solo poder y saber elegir, sino reconocer el valor intrínseco propio y colectivo. El miedo crónico no solo recorta opciones, nos convence de que ciertas humillaciones son normales: desigualdades brutales, exclusiones sistemáticas o el poder concentrado dejan de ser injusticias urgentes y se vuelven parte del decorado inevitable. Ya no luchamos por cambiarlo, lo aceptamos como el precio por la calma.

Y ahí aparece la desesperanza aprendida, idea clave de Martin Seligman. Tras enfrentar una y otra vez obstáculos que parecen inamovibles, individuos o pueblos se convencen de que actuar es inútil; de esa forma el miedo disciplina por un rato con su urgencia inmediata, pero la desesperanza desmoviliza a largo plazo, paralizando la voluntad.

Una ciudadanía convencida de su impotencia no se rebela; se abstiene, se apaga, se resigna.

En Colombia ese ciclo perverso marcó décadas de la vida política nacional. Amenazas reales -conflicto armado, narcotráfico- o inventadas -castrochavismo, dictadura, escasez o crisis económica, por ejemplo- se amplificaban en campañas mediáticas, al tiempo que se ofrecen salvavidas de orden y mano dura. El resultado: una sociedad atemorizada y anestesiada por la idea de que nada podía variar.

Pero el viento gira: las movilizaciones sociales, como el Paro Nacional del 2021, y los resultados electorales recientes, que respaldaron opciones progresistas, señalan una fractura en ese patrón. Cuando la gente intuye que sus voces en calles, debates o urnas generan eco real, el miedo retrocede como figura dominante y la desesperanza se agrieta. No es magia, es un cambio perceptual, gestáltico, donde la acción colectiva pasa de utopía riesgosa a posibilidad tangible.

Esto no elimina tensiones ni garantiza paraísos, pero recupera autonomías genuinas. La libertad deja de ser letra muerta y se ejerce en público, la dignidad se afirma en cada manifestación o en cada voto libre que desafía lo viejo. Colombia prueba que romper el miedo no es un sueño, es una práctica cotidiana que dignifica.

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Posdata: El contraataque de Irán a EE. UU. e Israel proyecta este quiebre globalmente. Al imponer costos al agresor, Teherán supera la sumisión previa de casos como Irak o Venezuela. El miedo cede y la soberanía y la dignidad dejan de ser consignas para ejercerse plenamente.