Hay algo poco contado en la historia de Lázaro: no es el milagro -ese ya tiene buena prensa- sino el momento anterior. Ese instante incómodo, casi indecoroso, en el que algo empieza a moverse… pero todavía huele a encierro. Porque, seamos sinceros, renacer no debe ser elegante. Nadie sale de una tumba con dignidad intacta. Hay confusión, torpeza, desorientación. Un pie quiere avanzar, el otro sigue atrapado en las vendas. Y mientras tanto, afuera, siempre hay alguien gritando que mejor se quede uno quietico, que no lo intente, que ahí estaba más seguro.
Ese es, quizá, el punto más difícil de cualquier transformación: cuando lo viejo no termina de irse y lo nuevo aún no tiene forma. Una especie de limbo donde abundan las dudas y escasean las certezas. Y claro, en ese terreno fértil para el miedo aparecen los expertos. Nunca faltan.
Los de siempre -los muy creativos- nos ofrecen el paquete completo: temores exagerados, nostalgias bien editadas, y una promesa de “seguridad” que implica devolvernos al pasado. Como quien dice: “usted estaba saliendo de la tumba, pero ¿no prefiere devolverse? Adentro ya conocía el olor”.
Pero no. Algo ha cambiado. Y ese algo, aunque torpe, aunque inseguro, ya no cabe en el molde anterior. Transformar no es un acto instantáneo ni cómodo. Es un proceso que exige esfuerzo, paciencia y una decisión incómoda: no retroceder. Porque avanzar implica hacerse cargo de la libertad, y eso -para qué negarlo- cansa más que obedecer.
Y claro, no faltará quien, con la mejor intención (o con la peor, disimulada), sugiera que “por qué no espera otro ratico, ahí donde estaba antes”. Como si la tumba fuera un hotel todo incluido: sin decisiones, sin tener que pensar, sin sustos y con una tranquilidad absolutamente… eterna.
Sin embargo, en medio de las torpezas iniciales, también aparece algo nuevo: otra manera de mirar, soñar, desear, relacionarse; una intuición de que vivir mejor no es acumular más, sino dignificar la vida; que estar mejor no es aislarse, sino tejer comunidad; que ser mejor no es imponerse, sino reconocerse en el otro.
Y aunque nos quieran convencer de que todo va a ser peor -que el caos, el abismo y el apocalipsis están a la vuelta de la esquina- hay señales tercas de lo contrario: hemos empezado a caminar; lento, sí; con tropiezos, también. Pero caminando. Lázaro, dicen, salió, y una vez afuera ya no quiso volver a la tumba. Tal vez de eso se trata todo esto: de entender que el proceso transformador, humanista y progresista, ya comenzó… y que, por incómodo que les parezca a algunos, llegó para quedarse.
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Posdata: a Irán los EE. UU. lo han declarado derrotado cuatro veces en una guerra que Trump dijo que ganaría en cuatro días. Ya lleva más de cuatro semanas y tuvo que prorrogar su “improrrogable” ultimátum dos semanas más. En promedio, Irán está “renaciendo” una vez por semana. O como dicen las abuelas: se les creció el enano.