Mis mayores conflictos son lingüísticos. Suelo enfrentarme contra los eufemismos de los medios de comunicación. “Cuerpo sin vida”, como si decir cadáver fuera un crimen; “recursos humanos”, para denominar la oficina de personal donde hay de todo, menos humanidad.
Ahora están de moda las “habilidades blandas”, cuyo nombre no significa nada. Es una adaptación de “soft skills”, que nombra como blando a lo que en realidad nos sostiene. El lenguaje empobrecido produce prácticas empobrecidas, sin duda. Adaptabilidad, inteligencia emocional, trabajo en equipo, comunicación, liderazgo: eso es lo blando. Lo duro serían habilidades certificadas por un diploma. ¿Y lo humano? ¿Dónde quedó la coherencia? ¿La hemos tenido?
Hoy me cuesta concebir la esencia del liderazgo cuando hay que desprenderlo de contextos corporativos que han aprisionado el universo semántico de saber liderar. Hemos reducido una experiencia humana compleja, frágil y relacional a un conjunto de competencias listables y medibles en un Excel. Liderar parece algo que se posee y no algo que ocurre. Como si el liderazgo fuera un objeto y no una relación viva; como si el líder no variara, cambiara o decayera.
También, hay algo incómodo: el líder también se agota, se equivoca, pierde lucidez. La madre que sostiene puede quebrarse; el docente que inspira puede perder el rumbo o el meteorólogo ceder en su propia tormenta. El auténtico liderazgo no es un estado permanente, sino un ejercicio frágil que puede perderse.
El liderazgo no es una cosa que alguien “es”, sino una forma particular de estar con otros. Liderar no es una propiedad del individuo, sino un fenómeno que emerge cuando alguien asume la responsabilidad del vínculo y del rumbo compartido. El liderazgo no nace del cargo, sino del reconocimiento mutuo.
Aquí conviene desmontar una fantasía peligrosa: la del líder como sujeto excepcional. Las peores decisiones humanas no han surgido por falta de inteligencia, sino por exceso de certeza. Liderar no es ejercer un saber superior, sino habitar una ignorancia responsable. Un liderazgo que no duda es un liderazgo que ya dejó de escuchar.
Además, no todo liderazgo es visible. Pensemos en la madre cabeza de hogar que sostiene una economía doméstica con salarios precarios, que inventa comidas con lo que hay. Ella lidera sin título, sin reconocimiento, sin manual.
Mientras tanto, en oficinas con vista panorámica, hay quienes ostentan cargos de liderazgo, pero deciden mal porque nunca aprendieron a escuchar o no saben qué es la empatía o compasión. Algo parecido ocurre en la era digital. Llamamos “seguidores” a multitudes que no nos siguen; “influencers” a personas que no influyen en nada. La exposición no es guía, el algoritmo no es criterio y la viralidad no es autoridad en nada. Nada.
Conviene una incomodidad simétrica: ¿qué responsabilidad tienen quienes son liderados? El culto al líder lo alimenta quien abdica o renuncia a pensar. Seguir a alguien puede ser confianza o cobardía. Hay personas que buscan líderes para tercerizar el pensamiento crítico y cuando eso ocurre, nadie puede liderar a quien ha renunciado a ser. Son fanáticos perdidos e intransigentes.
El liderazgo verdadero no deja estatuas; deja personas más autónomas. No deja seguidores fieles; sino que conduce a comunidades más conscientes. Quizás esa sea la pregunta más honesta: cuando alguien lidera, ¿qué queda cuando ya no está? Ahí empieza -y termina- todo liderazgo que valga la pena.

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