Hay una frase que me enoja todas las noches en los comerciales de televisión: “Este producto te ayudará a eliminar las imperfecciones de la piel”. ¿Y desde cuándo la piel es perfecta? ¿Desde cuándo el cuerpo humano alcanzó una versión definitiva de sí mismo?
Mi piel es ejemplo de esa batalla silenciosa. Voy al dermatólogo no para borrar quién soy, sino para entenderme luego de años de medicamentos psiquiátricos cuyos efectos llegan hasta lo más notorio de mi apariencia.
Confieso que confundí el cuidado con una obsesión por corrección y creí que amar mi piel implicaba domesticarla a una ofrenda de cremas y altos costos emocionales. Amar lo que no es liso exige más carácter que seguir la corriente.
Santiago Palacio me ha enseñado algo que ningún comercial vende: que abrazar la piel no es resignarse, sino reconocerla como territorio vivido. Ahí entendí que el problema no era mi rostro o espalda, sino el lenguaje con el que hablaba.
Cuando nos repiten que debemos “eliminar imperfecciones”, no solo nos hablan de poros; nos hablan de una supuesta versión ideal. Casi sin notarlo, empezamos a nadar en conceptos tan embusteros que nos arrancan de nuestra naturaleza.
Vale la pena rescatar la palabra “cosmética” de la sospecha. Proviene del griego kósmos, que no significaba maquillaje ni artificio, sino orden, en especial, en el universo visible. El mismo término que dio origen a “cosmos” aludía a lo dispuesto con armonía dentro de un conjunto mayor. La cosmética, en su raíz, no era guerra contra la naturaleza, sino gesto de cuidado. Muy distinto es lo que hemos hecho: reducir la estética a apariencia, cuando nació de aisthesis, la percepción sensible y real. Algo se quebró, entonces, porque donde antes había armonía, ahora hay eliminación.
Platón no entendía lo bello como superficie impecable, sino como participación en una armonía más profunda. Kant propuso que lo bello surge de un libre juego entre imaginación y entendimiento; si el gusto se convierte en mandato industrial, ese juego desaparece y queda solo obediencia visual.
Adorno advirtió cómo la industria cultural estandariza lo que debería ser singular: cuando la lógica del mercado invade lo sensible, la diferencia se vuelve defecto.
Leídos juntos, los tres empujan hacia una conclusión incómoda: la belleza no es eliminación, es relación; no es homogeneidad, sino tensión armónica y siempre será experiencia viva. La piel no es una pared que se pinta; es el órgano más grande del cuerpo: barrera inmunológica, regulador térmico, sistema sensorial. Nace y muere a diario.
Cuando aparece un brote o una cicatriz, no estamos frente a un error, sino frente a un proceso de defensa. Lo que el mercado llama “imperfección” suele ser señal de vida, nunca de fracaso… ¡Y eso es lo que nos quieren quitar con embustes!
La piel con textura cuenta una historia. La cicatriz habla de una herida que cerró. La arruga señala tiempo vivido. Cuando intentamos borrar esas huellas, corremos el riesgo de borrar el relato que nos hace singulares y auténticos.
Detrás de la obsesión por la piel perfecta hay un miedo que pocas veces se nombra: el miedo al tiempo. Envejecer no es deteriorarse; es, quizás, acumular. La piel que ha vivido lleva cronología: decisiones, duelos, risas, insomnios, abrazos. Intentar borrarla no es cuidado; es negación elegante.
La pregunta deja de ser dermatológica y se vuelve ética: ¿queremos cuerpos que parezcan terminados o personas que estén vivas? Lo vivo cambia, reacciona y se transforma. Si el universo no necesita ser perfecto para ser bello, ¿desde cuándo le exigimos a la piel una perfección que ni siquiera las estrellas cumplen?

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Escuche el episodio del podcast de esta columna con la dermatóloga especialista en lunares Magda Gómez en podcast.luisfmolina.com