Una de las razones por las cuales aventajamos tanto, moral y culturalmente, a nuestros antepasados los grandes simios y a nuestros primos los gorilas, se encuentra en el libro. Esa inmensa ventaja me recuerda a la Torre de Babel. Construida para acercarse a Dios después del diluvio, tal función la viene cumpliendo, desde su invención y sin esos alardes, el libro.
Si en Babel eran ladrillos hacia arriba, hoy cada volumen que se escribe es un peldaño más de la humanidad hacia lo alto, hacia la sabiduría, hacia la imaginación, hacia una mayor conciencia. En otras palabras, es aproximarse, con respeto, a la Divinidad. Si sumásemos el contenido de todas las bibliotecas del mundo, con ello casi que tocaríamos un cielo de eternidades.
No es blasfemia, porque hay un libro sagrado que bien encuadra en lo anterior; y es La Biblia. Primero, porque ella hizo del pueblo judío -“el pueblo del libro”-, la comunidad más influyente de la historia. Y segundo, porque esas paginas cimentaron mucho de lo grandioso del espíritu humano. Alguien aseguró que todo libro es continuación de La Biblia.
Al pasar los judíos del politeísmo al monoteísmo, afirmaron que todos somos hijos de Dios. Aseveración que conlleva un rosario de bellas conclusiones. Si todos somos herederos de ese Padre, como en una familia, todos seremos iguales en dignidad: de allí los derechos humanos. Dignidad de la persona que debe ser respetada por el gobernante, servirle y rendirle cuentas: de allí una democracia incipiente. Dignidad que exige consideraciones para con el pobre: de allí los preliminares del Estado de Bienestar. Se moldeó, además, la conciencia ética que hoy acepta la humanidad, y ello porque un pueblo vivió, se entregó, defendió, giró fielmente alrededor de un libro inspirado.
Creo que fue Irene Vallejo, en el inigualable “El Universo en un junco”, quien relata cómo la tradición judía celebra el día en que el niño o la niña aprenden a leer. Se escriben unas palabras poéticas en un plato blanco, se las cubre de miel, y el niño o la niña deberán leer y lamer su contenido. Suave memoria, lectura como confitura, golosina para el espíritu.
La lectura nos trasciende como un supremo ejercicio de libertad, entendida esta como lo hace la filosofía: como la ausencia de necesidad. Igual que en la música, al leer de manera profunda no requerimos, no necesitamos nada más. El libro nos hace libres.
En carta a Francesco Vettori, en 1513, de manera poética esa libertad en la lectura la sintió Maquiavelo. Pobre y con arresto domiciliario en su pequeña propiedad rural, informa que al caer de la tarde cambia sus ropas, se pone vestiduras reales, entra a su pequeño estudio, en donde lo reciben los libros y sus autores, esos sabios, sus antiguos amigos; les habla leyéndolos y ellos con amor le responden. Y -aquí está la libertad, la ausencia de necesidad de este hombre confinado- Maquiavelo concluye: “y durante cuatro horas no siento ningún fastidio, olvido toda aflicción, no temo la pobreza, no me espanta la muerte: me entrego por completo a ellos”.
Así, mediante los libros, cualquier lector se purificará y liberará de tristezas, y de ambiciones, y de nostalgias, fácil, al sumergirse en la grata melodía de la lectura.