Yo tengo un problema serio con la forma en que se está dando el debate público sobre salario mínimo e impuestos. Se ha instalado una especie de consenso cómodo según el cual el salario mínimo no se discute y el problema real es simplemente que hay que bajar impuestos. Esa combinación suena atractiva, pero es intelectualmente floja.
Primero, una idea puede ser mala independientemente de lo que se haga con el resto de ideas. La changua es maluca, independientemente de que uno se coma un acordeón de la Suiza de postre.
El salario mínimo, tal como está diseñado y como opera en Colombia, no cumple bien los objetivos que se le atribuyen. No es un mecanismo eficaz de redistribución, no protege a los más pobres -que en su mayoría están en la informalidad- y no funciona como piso de ingresos para quienes están fuera del empleo formal. Insistir en que no debe discutirse su estructura o su fórmula de ajuste es una forma de pereza intelectual. Las buenas intenciones no convierten una mala herramienta en una buena política pública.
Segundo, se repite que hay que “abaratar el capital” para estimular la inversión. Eso, en el largo plazo, es correcto. Un país necesita más inversión, más productividad y más crecimiento. El problema aparece que, si se abarata el capital y se encarece el trabajo, el resultado inmediato es tener menos empleo. Trabajo y capital son, en muchos procesos productivos, sustitutos. Si contratar personas se vuelve relativamente más costoso que invertir en maquinaria o automatización, las empresas ajustan. No porque sean perversas, sino porque responden a incentivos. Pretender que esa sustitución no existe es desconocer cómo funcionan los mercados y desconocer como funciona la economía.
Tercero, claro que hay que bajar impuestos. El sistema tributario colombiano es complejo, distorsivo e ineficiente. Pero nadie puede hablar responsablemente de reducir impuestos sin decir con precisión de dónde van a salir los recortes de gasto. El problema fiscal actual no es marginal. El Comité Autónomo de la Regla Fiscal ha advertido que para el 2026 existe un faltante presupuestal cercano a 2,4% del PIB, alrededor de $45 billones. Estamos hablando de un Gobierno que -en lo fiscal- es mucho peor que la pandemia.
El problema del sistema tributario hoy en día es principalmente (y de lejos) el gasto. La lista de impuestos por disminuir y eliminar es facilísima de sacar (nadie quiere el 4X1.000, ni Petro habla a favor de la tarifa soviética de renta empresarial, nadie habla bien del ICA) y suma, de lejos, las decenas o centenas de billones de pesos.
En donde sí no hay consenso es en las fuentes del recorte. Tenemos que echarle tijera a Minigualdad, al programa de “pagar por no matar”, al empleo militante y al gasto en bodegueros. Ahí tenemos, en el mejor de los casos, unos 10 billones de pesos.
Hemos hecho el 10% del trabajo. Para hablar de recortar impuestos, toca hacer el 90% restante, y un poco más para tener un superávit fiscal. El resto es carreta