En el 2013 fui por primera vez a Cuba, y hace una semana regresé de mi séptimo viaje a la isla. Un poderoso imán me atraía para conocerla: su música. Esa atracción se ha acrecentado de manera exponencial. En este último viaje asistí al Festival Jazz Plaza de La Habana, que como puerta de entrada tenía el jazz, pero su programación incluía la más variada música de la isla, y fusiones de ensueño. En muchas presentaciones me sentí egoísta de no estar compartiendo con amigos o familiares la belleza, lo sublime de lo visto y oído. La música hace parte del cielo de Cuba. Pero esta también tiene su purgatorio y su infierno. El purgatorio lo he visto y pasado por su lado, el infierno está más oculto. Sé que conservo en parte ojos de turista, y las comodidades del turista, pero también, en un proceso de 13 años, puedo ver un poco más allá de quien va en el paquete ‘4 días Varadero y 3 La Habana’. Para empezar, nunca he ido a un hotel, siempre me he hospedado en casas de familia, me transporto en los ‘almendrones’, que son unos carros de los años 50, bellísimos, que hacen las veces de taxis colectivos, y camino La Habana por muchas partes totalmente desconocidas para los turistas.

En estos años he hecho muy buenos amigos, y desde hace dos años encontré un hermano espiritual, alguien a mi medida, pues es músico de un grupo muy reconocido de son cubano, pero además de mente amplia y gran conocedor de la realidad cubana, su historia, su cultura, y de tantos entresijos.   Él, su esposa y su hijo me han acogido con una generosidad absoluta.

Llegar a Cuba es entrar en otra dimensión, todo funciona distinto, o parcialmente distinto, y si se quiere captar algo de su realidad es preciso aguzar la observación sin interferencias de prejuicios o sesgos ideológicos. Las conclusiones van saliendo solas. Estar en Cuba puede ser una experiencia muy profunda, La Habana es una ciudad con mil caras y una dinámica también distinta a todo lo que conocemos en un país como Colombia.

Sin duda, se requieren cambios profundos en todos los órdenes. Algunos ya se están dando, como por ejemplo la proliferación de negocios particulares, pero estas pequeñas transformaciones son muy insuficientes respecto a lo que se necesita para generar la mejora que demanda la isla.

Pero el cambio no puede ser con el matoneo que ejercita Trump en todo el mundo, más cuando explícitamente su único interés son los negocios, y sobre todo los negocios ventajosos. Tampoco puede ser la retoma hostil que quiere Marco Rubio, porque no es posible regresar al mundo idílico que él sueña, y que tal vez nunca fue tan idílico.

El 17 de diciembre de 2014 empezó una historia prometedora para Cuba, cuando Barack Obama y Raúl Castro anuncian que restablecerán relaciones diplomáticas, las que empiezan a operar el 20 de julio de 2015. Los cambios que venían eran profundos y positivos. Pero llega Trump en 2017 y echa todo por el suelo, retrocediendo décadas en la relación bilateral y perjudicando a todos los habitantes de la isla.

Ojalá los 10 millones de cubanos no tengan que sufrir los terribles padecimientos que se anuncian por la dupla Trump-Rubio, que entre otras cosas violan flagrantemente el Derecho Internacional y, si aprietan más, el Derecho Penal Internacional. Y ojalá pronto llegue la esperanza a Cuba, para que se convierta en la maravilla que con seguridad puede ser.

Advertencia: para evitar una transición dolorosa y traumática, hay que leer el libro de la premio nobel de literatura Svetlana Aleksiévich “El fin del homo sovieticus”.