En Colombia se ha vuelto costumbre explicar cada decepción política señalando únicamente a quienes gobiernan. Primero fue la derecha, luego la izquierda y mañana quién sabe qué será; pero la explicación, aunque elemental es insuficiente, la democracia no solo falla por malos gobiernos; también fracasa cuando la ciudadanía vota sin información, sin criterio y sin memoria.
Durante las últimas elecciones, muchos votos no fueron decisiones razonables, sino reacciones emocionales, la indignación frente a malos gobiernos de la derecha llevó a votar con rabia, más como castigo que como elección responsable. Esa rabia era comprensible, pero no suficiente para garantizar un mejor rumbo. Cambiar de orilla política no equivale a cambiar la forma de gobernar si se repiten los mismos errores.
Uno de los más graves fue confundir el discurso con capacidad, se eligieron candidatos por su tono confrontacional, su retórica encendida o su capacidad para señalar culpables. Sin embargo, gobernar no es protestar ni dividir; es administrar, ejecutar, dialogar, y respetar las reglas. La ideología puede orientar, pero no reemplaza la experiencia ni el conocimiento técnico.
A esto se suma una carencia preocupante, la falta de conocimiento de política básica. Muchos ciudadanos votan sin saber qué responsabilidades tiene un presidente, qué responsabilidades corresponden al Congreso o cómo se financian las promesas de campaña. En ese desconocimiento, cualquier propuesta parece posible y cualquier explicación basta. La ignorancia política no es asunto menor, se traduce en gobiernos débiles y en una baja capacidad para ejercer el poder.
Las redes sociales profundizan el problema: mensajes cortos, videos emotivos y consignas simplistas desplazaron el debate serio. Se votó por lo que indignaba o emocionaba, no por lo que era viable. La polarización se convirtió en estrategia y el país quedó aprisionado en una dinámica de confrontación, donde el adversario es enemigo y el desacuerdo se vuelve traición.
Los jóvenes, llamados a renovar la democracia, también fueron atraídos por esa dinámica. La falta de formación en contexto histórico y de pensamiento crítico llevó a muchos a confundir esa rebeldía con desconocimiento, a ello se sumó el respaldo emocional de familias, amigos y conocidos, que convirtieron la elección hacia la izquierda en una decisión guiada más por la emoción que por la reflexión, casi como una moda.
Otro factor determinante fue la fascinación por la promesa de “cambio”, presentada por la izquierda como una suerte de palabra mágica, de salvación frente a todos los males acumulados; poderosa en lo emocional, pero ambigua en su contenido, termino funcionando más como consigna que como proyecto claro de gobierno.
El cansancio frente a los errores del pasado llevó a muchos a abrazar el “cambio”, sin reflexionar por su contenido, sus costos y su viabilidad. El error no termina el día de las elecciones, se renueva en cada víspera electoral, marcado por la apatía, la desmemoria y la ausencia de autocrítica, como si nada de lo ocurrido hubiera dejado lecciones que obligan a cambiar.
Colombia no necesita seguir aprendiendo a golpes lo que ya debió saber, la ideología no gobierna, gobiernan personas y las personas elegidas reflejan el nivel de exigencia de la sociedad que los elige, como se dice popularmente: tenemos lo que nos merecemos. Mientras se siga votando desde la emoción y el fanatismo, la democracia también fracasa por la ignorancia, no por falta de elecciones, sino por falta de responsabilidad al elegir.