La función paterna en la formación de los hijos es tan fundamental como única, porque es diferente al rol de la madre, pero ha de observarse como complemento indispensable que aporta aspectos diferentes y necesarios para el desarrollo integral de los niños.
La confusión histórica entre papel y función ha mantenido atrapados a muchos padres en roles rígidos y obsoletos; recordemos que el papel es lo que la sociedad asigna, como un libreto teatral: el padre proveedor, el padre autoritario, el padre distante. La función, en cambio, es dinámica, real, y responde a las necesidades concretas de cada hijo en distintos momentos. De esta manera tenemos que mientras el papel permanece estático en el imaginario colectivo, la función paterna ha evolucionado constantemente, adaptándose a las realidades familiares.
Un padre pierde su tiempo intentando ser madre, ya que cada figura aporta algo distinto, complementario, pero no intercambiable. La presencia paterna ofrece formas particulares de vinculación afectiva, de enseñanza, de juego y de comunicación que son valiosas precisamente por ser diferentes, por cuanto su manera de expresar el afecto, de establecer límites y de acompañar el crecimiento tiene características propias que enriquecen la experiencia de crianza.
La crisis actual de la familia refleja, entre otras cosas, la tensión entre estos viejos papeles asignados y las nuevas funciones que la realidad demanda. Hoy vemos padres que cambian pañales, que preparan alimentos, que consuelan en medio de la noche, que asisten a reuniones escolares, y esto no los feminiza, simplemente los humaniza y los conecta profundamente con sus hijos. Del mismo modo, las madres que trabajan fuera del hogar o ejercen autoridad no se masculinizan porque ejercen su función parental completa.
La función paterna se construye desde el día uno, en los primeros meses, su presencia activa alivia la carga materna y establece vínculos únicos con el bebé, quien reconoce y necesita esa voz diferente, ese modo distinto de mecerlo, esa otra forma de estar; por eso paternar implica participar sin papeles predefinidos, basándose en las necesidades reales de los hijos. Es un acompañamiento inteligente, que busca conocimientos sobre el desarrollo infantil, que se cuestiona y aprende constantemente. Pero también es un acompañamiento afectuoso, en el que el amor se expresa sin temores ni prejuicios sobre lo que "debe" hacer un hombre.
La realidad nos muestra que muchos padres están ausentes, física o emocionalmente, y esto no significa que la función paterna sea prescindible, sino que es tan necesaria que, cuando falta, otros deben intentar llenar ese vacío. Sin embargo, nadie puede reemplazar lo que un padre presente aporta, la función puede trasladarse parcialmente a otros cuidadores, pero siempre con la conciencia de que algo específico, algo único de la presencia paterna, hace falta.
Ser padre requiere valentía para romper moldes, para ignorar las voces que dicen "así no se hace" cuando lo que se hace es abrazar, consolar, jugar en el piso, cocinar juntos o simplemente estar presente. Requiere la humildad de aprender, de equivocarse, de crecer junto con los hijos, y requiere la claridad de entender que un padre no sustituye a una madre, pero tampoco es sustituible por ella.