La situación educativa colombiana está marcada por la crisis financiera de las universidades públicas, los créditos del Icetex o la situación del Icfes. Todo esto se puede resolver con decretos. Lo que no se puede superar y es una verdadera tragedia educativa es la desaparición paulatina de los maestros. Los mexicanos lo saben; por eso siempre rememoran a sus grandes maestros dándoles sus nombres a sus avenidas y bibliotecas, entre ellos, Enrique Florezcano, Miguel León Portilla, José de Vasconcelos y a quienes han tomado a México como su patria como David A. Brading, Brian R. Hammett y Jean Meyer quienes han contribuido a que México sea una gran nación junto con sus famosos corridos.
El sábado 14 de febrero murió en Bogotá uno de los grandes maestros e historiadores universitarios: Heraclio Bonilla Mayta, nacido a mitad del siglo XX, rodeado de su esposa, su hija y un par de sus predilectos estudiantes. ¡Cosa extraordinaria en un mundo tan individualista!
Nació en Perú, sin embargo, su verdadera patria eran la historia y la cultura latinoamericana, y como tal, amaba la historia de Colombia. Su estilo recuerda a los maestros de la historia del siglo XIX, sus clases eran un efusivo viaje por la historia, un recorrido por autores universales y por recorridos reales e imaginarios. Era su manera de criticar el profesionalismo burocratizado, que está acabando con la posibilidad de que existan futuros maestros e intelectuales en nuestras universidades.
Theodor Mommsen afirmaba: “los que, como yo, han vivido momentos históricos, empiezan a ver que la historia no se escribe, ni se hace sin odio ni amor”. Heraclio siempre la escribió con amor, de allí la calidad de su escritura. Me encantaba la dignidad y decencia que imprimía a la condición de ser maestro, que no es la de “dictar clase” y no se reduce a “la labor académica”. Vivía alejado del enjambre de las intrigas personales, comunes en el deterioro final de la llamada comunidad universitaria y vivió para la formación seria y profunda de sus estudiantes.
Sin amor a la profesión no se puede llegar lejos. Quizás por eso le encantaba invitar a sus estudiantes a una especie de mesa redonda en un restaurante de comida santandereana en Bogotá de donde salían artículos, inspiración de una tesis de un estudiante, proyectos de libros y ante todo entusiasmo juvenil por la historia de Colombia y de América Latina. Como un desafío al imperio de la mediocridad, todos sus antiguos estudiantes leen, investigan y escriben historia con resultados visibles y significativos.
Un maestro es, ante todo, una persona generosa. Recuerdo que uno de sus estudiantes perdió a mitad de semestre a su padre y fue tal el dolor que quiso dejar tirado todo. ¡El maestro lo convenció de que el mejor homenaje a su padre era continuar y vaya si lo hizo bien! A otro estudiante le gestionó una beca ante la imperturbable administración universitaria como si fuese un asunto personal. Gracias a la calidad de su magisterio, a las tesis excelentes que dirigió, aunque se pueda considerar una exageración, el maestro Bonilla contribuyó con sus enseñanzas a la movilidad social.
Ha culminado el peregrinaje físico del maestro por las universidades de Colombia, de Estados Unidos, de Latinoamérica, de Europa, por las bibliotecas y archivos, y comienza otro más vital por los recuerdos, por los espíritus de sus estudiantes, que lo respetamos y admiramos, por su maravilloso legado intelectual.