Han pasado cuarenta días desde el inicio de la guerra desatada por Estados Unidos e Israel contra Irán y el panorama internacional no es prometedor. El nuevo líder supremo iraní, Mojtaba Jamenei, ha insinuado la posibilidad de cobrar un peaje a los buques que transiten por el estrecho de Ormuz, un anuncio que amenaza con golpear aún más la economía global. Mientras tanto, las conversaciones en Pakistán para buscar un acuerdo parecen nacer sin futuro: se parte de imposiciones y no de negociaciones genuinas, porque las partes se han parado en orillas muy opuestas y pregonan no estar pensando en ceder.
Cuando se veía amenazada la tregua por los fuertes bombardeos de Israel contra Líbano, sorprendió también el anuncio del presidente Benjamin Netanyahu, sobre adelantar negociaciones directas con Líbano para desarmar a Hezbolá. Sin embargo, este propósito se enfrenta a la realidad de un grupo que, considerado terrorista por varios países europeos, sigue siendo un obstáculo para el propio gobierno libanés, que tiene poco margen de maniobra y menos de decisión sobre lo que pueda hacer la célula armada. La viabilidad de este proceso es, por ahora, remota.
No obstante, hay que poner todas las esperanzas en que estas ideas de paz se concreten. Los daños económicos y sociales se profundizan con cada ataque, y solo un verdadero ánimo de alcanzar resultados puede abrir caminos. Si la tregua se consolidara y no hubiera más guerra, los expertos dicen que pasarán meses antes de que se vuelva a estabilizar el flujo de los hidrocarburos, de los fertilizantes y otros materiales clave para la economía mundial en el estrecho de Ormuz. Es decir, que igual hay efectos económicos para largo.
Eso sí, todo acuerdo deberá basarse en una exigencia a Irán para que respete los derechos humanos, pues no se puede olvidar que su régimen ha ejercido violencia contra su propio pueblo. Si bien, atacar esa nación en la forma en la que lo hicieron Estados Unidos e Israel es a todas luces alejado del derecho internacional y más una manera de imponer la fuerza que la razón, esto no nos puede hacer pasar por alto los excesos de ese régimen que ha desestabilizado permanentemente la región y su reacción contra países vecinos lo demostró.
La paz mundial debe ser una obsesión de los gobernantes, no una consigna retórica. Por eso, nos parece bien que en paralelo, Rusia anunciara una tregua en Ucrania con motivo de la Pascua. Pero la decisión llega tarde y responde más a la conveniencia del Kremlin que a un genuino espíritu de reconciliación. La guerra allí sigue lejos de una paz duradera y justa, mientras la atención internacional se dispersa entre los conflictos en Medio Oriente.
El mundo parece caminar hacia múltiples frentes de tensión, y la comunidad internacional corre el riesgo de normalizar la guerra como telón de fondo. Es hora de recordar que la paz no puede ser una idea abstracta, tiene que construirse día a día y en el respeto por los otros, por quienes piensan diferente, por quienes actúan distinto a como yo lo hago. Qué bueno fuera que volviera la cordura a ciertos gobernantes que parecen empeñados en incendiar el mundo.
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