En la vereda Pueblo Viejo, zona rural de Riosucio (Caldas), botellas de vino artesanal permanecen enterradas hasta por 30 meses como parte de un proceso tradicional de fermentación.

Foto | Freddy Arango | LA PATRIA En la vereda Pueblo Viejo, zona rural de Riosucio (Caldas), botellas de vino artesanal permanecen enterradas hasta por 30 meses como parte de un proceso tradicional de fermentación. La iniciativa, Vinos Artesanales de la Montaña, es liderada por Dorance Bañol y transforma frutas locales en 23 sabores.

En la vereda Pueblo Viejo, zona rural de Riosucio, un grupo de botellas permanece enterrado entre dos y tres años mientras fermenta sin refrigeración ni procesos industriales. Este es el método de Vinos Artesanales de la Montaña, un proyecto liderado por Dorance Bañol.

La iniciativa surgió como respuesta a una problemática frecuente en el campo: la sobreproducción de frutas que no logra comercializarse. “Cuando hay mucha cosecha, gran parte se pierde”, explica Bañol, habitante del resguardo indígena Nuestra Señora de la Candelaria de la Montaña. La alternativa fue transformar esa fruta en vino artesanal.

El primer experimento se hizo con fresa. Luego siguieron el plátano y el guineo. A partir de allí comenzó un proceso de ensayo y error que permitió consolidar la producción actual.

Fermentación bajo tierra

Lo más novedoso del proceso es la fermentación subterránea. Bañol retomó prácticas tradicionales en las que el guarapo se enterraba para su conservación y decidió aplicar el mismo principio. Las botellas se entierran para aprovechar la temperatura y la oscuridad del suelo.

Aunque al inicio se perdieron algunos envases por fallas en el sellado, el resultado fue favorable. El sabor del vino mejoró y el método se mantuvo. Actualmente, las botellas permanecen enterradas entre 24 y 30 meses.

Más allá de la producción de vino, el proyecto busca reducir el desperdicio de alimentos y fortalecer la economía local. Las frutas se compran a productores del municipio y todo el proceso se efectúa de manera manual.

La idea nació de un recuerdo de infancia: el claro de maíz fermentado que preparaba su madre. Tras varios intentos fallidos y dificultades económicas, el proyecto tomó forma cuando logró vender toda su producción de vino de fresa durante el Carnaval de Riosucio.

Actualmente elaboran 23 sabores, varios poco comunes en el mercado. Entre ellos hay vinos de plátano, guineo, fresa, mora, lulo, maracuyá, gulupa, uchuva, guayaba criolla, mamoncillo, carambolo y guanábana.

Desde la limpieza de los envases hasta el embotellado, todo el proceso es artesanal. “Esto lo hacen las manos, no las máquinas”, señala Dorance Bañol.

Los vinos están dirigidos principalmente a visitantes y turistas. Sabores como el vino de plátano han despertado interés entre quienes llegan a la región. Las botellas se comercializan en diferentes presentaciones, con precios entre $15.000 y $35.000.

Las botellas reposan bajo un terreno sembrado de yuca, plátano y café. El objetivo es ofrecer un producto que combine transformación de la fruta, tradición y experiencia para el visitante.


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