Señor director:
Los contribuyentes que pagamos los impuestos para que con este dinero paguen a los empleados y se hagan obras, debemos ser tratados con respeto y alguna consideración. No se entiende que la factura de predial bimestral que financiamos quienes no tenemos la capacidad de cancelarla toda al principio del año, que siempre llegaba a nuestros domicilios, el bimestre anterior nos quedamos esperándola, no apareció. De oídas, como se dice en el lenguaje coloquial, llegó la noticia finalizando el mes informando que había que ir a reclamarlas para cancelar.
Al indagar las razones, hubo varias respuestas. “Que se presentó un problema”, ¿Cuál?, vaya a saberse. Otra versión, sin confirmar, “que ya no se entregarán más facturas a domicilio porque resulta muy costoso”. No sabemos si es cierto o no. El pueblo es a veces muy folclórico y para todo hay una razón, aunque esta no sea cierta. Si resultare cierta tiene cara de chiste, pero un chiste que no produce risa. Si algo le produce ingresos netos al Municipio y a todos es el impuesto predial, unos miles de millones sin invertir, sin arriesgar y con todas las de ganar.
Si fuese cierta la versión de costos por entregar unas facturas, se trata de un acto de tacañería que no se justifica. Costos para muchas personas sencillas que aunque parece de no creer carecen de un pasaje para movilizarse. Es cierto que Manizales es muy agradable para vivir, pero no para todos sus habitantes. Hay sectores muy pobres y deprimidos y pobreza muy maquillada, porque a nadie le gusta que le digan pobre. Esperamos que se imponga la sensatez y la cordura y la comodidad y las facturas sigan llegando a nuestros lugares de residencia.
Elceario de Jesús Arias Aristizábal
Carta abierta a caldenses y manizaleños
Señor director:
Sin duda, nuestro país atraviesa uno de los momentos más oscuros de su historia reciente. El riesgo que enfrenta nuestra democracia es real y palpable. Estas líneas no buscan profundizar en ese diagnóstico, sino invitar, de manera respetuosa, directa y serena, a una reflexión constructiva.
Me enorgullece el camino que he recorrido en el servicio público, un trayecto que he podido hacer gracias a las oportunidades que me ha brindado la sociedad de la cual hago parte. Desde mediados del 2024 he venido explorando, con calma y sin afán, la posibilidad de participar en política partidista y electoral, un ámbito en el que nunca antes había incursionado. Ese interés nació tras una invitación hecha por un dirigente político reconocido de la región. En consecuencia, decidí visibilizarme compartiendo planteamientos y opiniones en redes sociales, que creo han sido muy bien acogidos por un amplio sector de la ciudadanía.
He llegado a la conclusión de que una de las causas profundas de la situación que hoy compromete el futuro del país es el silencio de las personas buenas: ciudadanos decentes, trabajadores, con principios y valores orientados al bien común que por diferentes causas son indiferentes al problema.
Como sociedad caímos en la trampa diseñada por actores de mala fe, quienes, obedeciendo a intereses oscuros y agendas corruptas, lograron igualar -de manera perversa- los conceptos de política y politiquería. La primera, la política, es inherente al ser humano y sirve como instrumento para construir sociedad. La segunda, la politiquería, es la degradación de la primera, basada en la lógica del “fin justifica los medios” y la priorización de intereses personales sobre el bien común.
La confusión estructurada nos llevó a abandonar nuestras responsabilidades frente a lo público y frente al Estado, que es de todos y a todos nos debe doler. Nos alejamos por miedo, comodidad, pereza o simple fastidio. Y así, sin notarlo, dejamos el camino libre para que la politiquería se apropiara de los recursos públicos. Mientras tanto, una sociedad decente (la nuestra) se acostumbró a criticar desde la barrera, aportando poco a la solución.
A ello se suma que los egos, y aquí me incluyo, han dificultado la construcción de agendas colectivas. Aun así, es justo reconocer el papel que la institucionalidad ha desempeñado en estos tiempos turbulentos, ha sido un muro de contención. En particular, el Congreso de la República, pese a su desprestigio, frenó desde la oposición muchas iniciativas que amenazaban las bases del Estado. Reconocerlo es fundamental para entender la importancia de asumir con responsabilidad nuestras obligaciones ciudadanas.
En este contexto, decidí examinar con seriedad la posibilidad de dar un paso al frente, presentándome en la próxima contienda electoral. Lo hago por convicción, buscando tranquilidad en mi conciencia, entendiendo la urgencia del momento y confiando -sin pretensión alguna- en que mi experiencia, mi trayectoria y mi reputación pueden aportar a la causa común. Es una apuesta difícil, incluso utópica, especialmente cuando los apoyos concretos no siempre llegan con la claridad que uno esperaría.
Es importante informar, que por decisión “democrática” del Comité Departamental del Centro Democrático no fui incluido en la lista preliminar a la Cámara de Representantes. Aun así, sigo teniendo el interés, sereno y sin angustias, de poner mi nombre a consideración de la ciudadanía si se abren espacios para hacerlo.
Confieso que me duele ver cómo, en muchos casos, a la sociedad civil y a quienes la representan, les falta coherencia entre el discurso y la acción. Esa falta de firmeza los convierte en observadores pasivos cuando el momento exige determinación y acción. Lo he dicho en varios escenarios, no es hora de dedicarnos a la “G” del PyG (pérdidas y ganancias), hoy está en juego la “P” de patrimonio.
Necesitamos actuar, comprometernos de verdad y asumir nuestra corresponsabilidad. Involucrarnos sin miedo en lo público. Enfrentar los riesgos y trabajar colectivamente para proteger el país de las mafias y los intereses que nos amenazan. Estoy convencido de que si lo hacemos podremos reconstruir nuestro país y ofrecer un futuro digno y prometedor a las próximas generaciones. Los invito, con respeto y sin arrogancia, a dar el paso.
¡VAMOS DE FRENTE!
Bruno Seidel Arango
Felicitaciones, Manizales
Manizales tiene problemas como cualquier ciudad. No es un oasis de amor como muchos aduladores pretenden hacernos creer para congraciarse con quienes venden solamente su imagen positiva, desconociendo luces y sombras. Sin embargo, posee encantadoras fortalezas que no se pueden desconocer. Sus paisajes verdes son los íconos de su propia historia. Sus montañas y laderas son símbolos de la grandeza de una raza que orgullosa ha sabido superar horizontes que se esconden más allá de lo que nuestra visión alcanza a ver en lontananza; su Catedral, majestuosa, se levanta izando en las alturas la hidalguía de un pueblo que busca en el infinito la imagen de su Dios heredada de sus mayores. La majestuosidad de sus montañas es testimonio de su desarrollo cultural y la altura intelectual de algunos personajes que han llenado páginas históricas con sus ejecutorias, estampando sus nombres con letras de oro en el corazón de su ciudad natal. Su topografía arisca circundada de riachuelos, es fiel fotografía de la generosidad y la pujanza de quienes tenemos el privilegio de ser sus habitantes. Su Nevado es el señor de las alturas, el dragón blanco que cuida con esmero a la ciudad oteando desde la atalaya el disfrute de tener a sus pies la maravillosa “urbe” acariciando sueños de adolescente en procura de construir un futuro más próspero para todos.
Ciudad construida con la magia de la palabra y el ingenio creativo de nuestros antepasados, quienes con celo quisieron colocarla en una esquina del tiempo, zurcida con telarañas de amor, más cerca de las estrellas, dando gracias al Creador por habernos regalado este nicho en las alturas celestiales donde solo revolotean los cóndores como embajadores en las gélidas montañas con perennes neblinas y sabor a poesía. Una ciudad que superó la alpargata de nuestros antepasados para encumbrarse como la reina de los andes, vistiéndose de gala para ser la invitada de honor de la intelectualidad. En fin, una ciudad en donde las mañanas madrugan a ver los paisajes naturales y embriagarse de amor con la gentileza espontánea de los manizaleños.
Elceario de J. Arias Aristizábal
Los peajes, ¡sin cómo pagar!
Señor director:
Primera escena:
- Hijita :Usemos el carril de pago electrónico para pasar por el peaje de Tesalia.
- ¡Listo papi!
No problemas. No filas.
Segunda escena: (30 minutos después)
- Usemos el carril de pago electrónico para pasar por el peaje de San Bernardo.
- Su chip está inválido. (Bueeena GoPass)
- Pero pagué hace un rato Tesalia. Y tiene recarga automática. ¡Y además me cobran adicional para tener de reserva!
- (Silencio incómodo) “Inválido”.
- Y entonces, ¿que hago señorita?
- (Silencio Incómodo)
- Señorita: Deme entonces un datáfono, Nequi, Daviplata o llave para pagarle.
- (Silencio incómodo que está involucionando a silencio retador y volteo de ojos).
- Deme alguna solución señorita.
- (Mrrr, bla, bla). Inaudible. Le comenta a la supervisora.
Mire señor. La única opción es efectivo. Si quiere devuélvase a las bombas o a los restaurantes a ver qué le ayudan…
Tercera Escena:
- ¡Papi!, dice la hija: Usemos lo que teníamos para el Arroz de leche.
- Muchas gracias.
- Fue un gusto atenderlo en Autopistas del Café.
Colofón :
El señor del arroz de leche SÍ tiene llave, Nequi y Daviplata.
Pd: Extrañaremos a doña Ana María Mesa en Radio Nacional.
Fabián E. Puentes M.
Señor director:
En los últimos días, varias personas se han referido en los medios de comunicación a la salud mental del presidente, Gustavo Petro. Sobre mi propuesta publicada el 20 de octubre en este diario, sobre la necesidad importante y urgente de que se haga una consulta entre los psicólogos y psiquiatras de Colombia para saber si el presidente necesita tratamiento, no he recibido ningún comentario. Si ese silencio se debe al temor de represalias, lo respeto, pero lo considero aterrador. Me pueden encontrar en jajaeche@hotmail.com
Jaime Jaramillo Echeverri
Señor director:
Trabajo hace años con jóvenes, especialmente con niñas en procesos de acompañamiento personal. Escucho sus historias, sus heridas, sus ilusiones, y me duele ver cómo cada vez más se normaliza aquello que las hiere por dentro.
Por eso, al leer el artículo publicado el 15 de octubre titulado “Buscan resignificar la industria webcam en el Eje Cafetero”, no pude quedarme callada. Se hablaba allí de “profesionalizar” y “legitimar” una industria que, según dicen, va más allá del desnudo. Pero no podemos disfrazar la realidad: eso sigue siendo pornografía, y el daño que produce no desaparece por cambiarle el nombre.
En mi trabajo con adolescentes he visto con preocupación cómo la cultura actual les ha hecho creer que la pornografía es algo normal, inofensivo, “parte de la vida moderna”. Muchos no dimensionan que detrás de cada video o imagen hay una historia de dolor, manipulación y vacío. No entienden que quienes participan -especialmente las mujeres- terminan siendo usadas como objetos de placer, y que cuando dejan de servir, son reemplazadas y olvidadas.
Esta supuesta “industria del entretenimiento” es una señal peligrosísima de la crisis de sentido moral que vivimos. Nos estamos volviendo incapaces de distinguir el bien del mal, de ver que la libertad sin verdad solo lleva a la esclavitud interior.
La pornografía no empodera, destruye. No libera, esclaviza. No enseña a amar, enseña a usar. Es una adicción silenciosa que daña el corazón y vacía el alma.
No necesitamos festivales que legitimen lo que destruye. Necesitamos esperanza, oportunidades reales, educación y acompañamiento emocional. Necesitamos recordarles a nuestros jóvenes que su valor no está en lo que muestran, sino en lo que son.
Resignificar el daño no lo hace menos dañino. Solo lo vuelve más peligroso, porque lo disfraza de libertad y lo convierte en moda.
Clara Inés Llano Uribe