Fotos | Cortesía | LA PATRIA Conozca el día a día de dos recolectores de residuos en Manizales.
Wilson Andrés Restrepo Merchán empieza su día con un ritual: autocuidado, estiramientos y una charla corta de seguridad antes de subirse al camión. A los 44 años, lleva 16 en Emas by Veolia y cerca de 20 en la recolección de residuos.
Un trabajo que le ha dado estabilidad para sostener su hogar en el barrio Galán, con su esposa, Gloria Nancy González, y su hijo, Johan Andrés, de 22 años.
Su jornada se mueve entre la ciudad y la ruralidad. Cubre veredas, donde la ruta exige paciencia y piernas fuertes. “Por lo regular hacemos dos viajes” al relleno sanitario, cuenta, pero el número importa menos que el trayecto: llegar hasta donde el vehículo no entra.
Manizales no se limpia solo con motores, también se cargan bolsas por escaleras, atravesando callejones estrechos para brindar un servicio puerta a puerta.
Wilson aprendió que la ciudad crece y la basura cambia de tamaño con ella. Recuerda vehículos más pequeños y jornadas que se alargaban con cada viaje adicional. Hoy el equipo trabaja con mejores condiciones: más personal, camiones con mayor capacidad y horarios que suelen moverse entre 8 y 10 horas.
El reto no desaparece: la lluvia empapa, las escaleras castigan y la ruta rural suma distancias. “Donde no entra el vehículo, ahí es donde entramos nosotros, los recolectores con las canastas”, repite.
En dos décadas, también vio el lado más duro de la calle. Una anécdota lo acompaña desde sus primeros años: el hallazgo de un bebé abandonado entre residuos. El hecho lo marcó.

Barrido
A esa misma hora en que Wilson entra a ruta, Yozlany Puerta Duque ya va en su microrruteo. Tiene 40 años, vive en el barrio El Carmen y el 18 de marzo completa casi 9 años como operaria de barrido.
Es madre cabeza de hogar, soltera, con dos hijos Luisa Fernanda Puerta, de 24 años, y Juan Camilo Zapata, de 21.
Ella se sostiene con disciplina y con una gratitud: “Emas fue la única empresa que me abrió sus puertas cuando no tenía bachillerato”.
Se graduó del colegio Boston en el 2017. Aún sigue firme con escoba, pala y bolsa por las calles de Manizales.
Lunes y martes trabaja de 5:30 a. m. a 1:30 p. m.; el resto de la semana va de 5:30 p. m. a 12:30 de la medianoche. Tiene sector fijo: la mitad del Carmen se divide por días y mapas; el microrruteo le marca el trayecto.
Antes trabajó en el centro, donde algunos ciudadanos y negocios “tienen muy poca cultura”, según su experiencia, y el desorden se multiplica por la cantidad de manos que botan un papel y siguen como si nada.
Yozlany barre, recoge residuos regados, quita arena y hierba, limpia zonas que muchos solo notan cuando están sucias.
Su trabajo se conecta con el de Wilson: ella agrupa, ordena, evita que el residuo se disperse; él retira, carga, transporta y cierra el ciclo.

Importancia de su labor
Yozlany se siente orgullosa de su trabajo como “escobita”, como es conocida coloquialmente esta labor en Manizales. tiene claro que contribuye a la salud pública, previene inundaciones, controla plagas y reduce enfermedades.
En el barrio El Carmen, los vecinos le preguntan por su salud, le guardan un jugo, le ofrecen el desayunito. Ese reconocimiento compensa el cansancio. “A nosotros nos toca reduro. Nadie sabe realmente cómo amanece la ciudad”.
Yozlany recuerda cuando le tocó ir detrás de la cabalgata de la Feria de Manizales: “Se siente rico porque uno deja todo limpio mientras la gente aplaude”.
Wilson y Yozlany coinciden que su trabajo se complementa con la cultura ciudadana. Él reconoce avances, y valora programas de educación y gestión social. Ella pide acciones como sacar la basura en horarios, disponer bien los residuos, envolver vidrios en periódico o cartón y sellarlos con cinta, poner jeringas en botellas cerradas.
El trabajo de ambos contribuye cada día a que Manizales se destaque por su limpieza.
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