¡Y no dejan de darnos lecciones!
Señor director:
Hace unos meses, partió a otra dimensión la ‘tía Mona’. De ella podríamos decir muchas cosas, por su cordialidad, su familiaridad, sin embargo tuvo una mácula: nunca le gustaron los animales, ni perros ni gatos, siempre les hacía ‘el feo’: -‘Quíteme ese perro de aquí’, -‘Ahí viene ese gato y se me va subir’, -‘No lo deje entrar, ¡sáquelo!’, -‘Se me va a comer los zapatos’, ‘-Me va a llenar de pelos y de babas’, eran sus frases habituales, frente a estos amigos. Y lo peor es que en las casas de los hijos y sobrinos había por lo menos uno de estos incondicionales.
Pues bien, ella vivía en la casa de una sobrina, con su esposo y su hijo –Mónica, José y Sergio Alejandro- quienes tienen tres gigantes perros, de color blanco: Aslan, el papá, un alaska malamute, y los hijos, Nutela y Caspián, cuya madre es una husky siberiana. Esa cantilena entonces era cotidiana, cuando por ejemplo ellos entraban sigilosamente a su cuarto, no digamos que se descomponía, pero sí se le cambiaba un poco el semblante con estas visitas.
La casa de la prima, queda a pocas cuadras del SES Hospital de Caldas. La tía fue hospitalizada allí, primero estuvo en Urgencias -primer piso-, luego fue llevada Cuidados Intensivos -cuarto piso-, donde falleció días más tarde. La familia de la carrera 26, entonces subía de uno en uno, de dos en dos o todos a la vez y varias veces del día y de la noche, para visitar a la Mona -si se podía- o simplemente para acompañar desde la sala de espera. Los perros siempre los escoltaban, caminaban por los parqueaderos, recorrían la sala de espera o simplemente se ‘echaban’ a los pies de alguno de nosotros.
Dos días antes de su deceso, estando en la sala de espera, Aslan, el papá, furtivamente se pasó por debajo de la registradora, el celador no pudo hacer nada, pues el perro corrió raudo y veloz hacia Urgencias, entró al cuarto donde había estado la tía, olió la cama, se devolvió y emprendió carrera, escalas arriba. Mientras tanto, la chica de la recepción, ofuscada llamaba a diferentes partes para que le indicarán qué hacer. Por fin, una de esas personas consultada, le manifestó que no pasaba nada, que lo dejaran, que seguramente el perro bajaría pronto. Al mismo tiempo, Mónica -la dueña- subía detrás de Aslam, lo llamaba, pero él no respondía, parecía ir con una misión muy específica; llegó hasta el cuarto piso, se dirigió hasta la habitación de la tía, puso sus patas en la cama, la miró y seguidamente, salió, bajo las escaleras, dejó el Hospital y se fue para su casa.
Entonces, qué lección tan grande nos dio Aslam: las desatenciones, los sonsonetes, los desaires de la tía, no tuvieron para el perro ninguna importancia; no tuvo en cuenta todos esos desdenes y simplemente, cuando ya su partida era inminente, fue y puramente se despidió. ¿Cuándo los humanos aprenderemos de ellos? ¿Cuántas rabias, rencores, malevolencias, entre la misma familia, que no somos capaces de dejar de lado, ni siquiera estando al lado del ser querido, ad portas de su partida.
Alba Nelfi Bernal Orozco
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