Por azar llegó a mis manos un ejemplar de este libro de George S. Clason. Debo confesar que lo desconocía por completo a pesar de tratarse de un clásico publicado por primera vez en 1926. Su título brindaba alguna idea de su contenido, pero dejaba un gran espacio para la suposición. Una rápida mirada me permitió observar que abordaba complejos temas de riqueza, ahorro y administración en un lenguaje sencillo y en forma de historias cortas. Esta forma de presentar temas que comúnmente se consideran espinosos, llamó mi atención y, sin más, me di a su lectura.

Es un libro universal. Aunque su contexto se enmarca bajo el cielo de la antigua Babilonia, sus enseñanzas son atemporales. Escrito hace un siglo, remonta sus anales a la antigüedad para ilustrar formas de acrecentar el patrimonio que han superado la prueba de los siglos. Su autor apeló al estilo contenido en las “Fábulas de Esopo” y a través de 10 parábolas o cuentos (que inicialmente se distribuyeron en forma de panfletos), condensó mensajes de aprendizaje financiero en un lenguaje sencillo y asequible para nosotros, pobres mortales que no dominamos el mundo financiero, ni digerimos engorrosos problemas matemáticos.

Conservar el dinero es la primera y más importante enseñanza que transmite. Reprende a los dilapidadores y malversadores y llama su atención para conservar una parte de los ingresos que no puede ser inferior al 10% de éstos. Tal porción se deberá retener y no ser utilizada en otros menesteres. Es el único medio para dejar de ser esclavo. Muchos descubrirán que, sin importar el nivel de ingresos o la posición que se ostenten, son siervos de su trabajo pues nunca es suficiente. Cada mes su balance está en rojo y dependen del oxígeno de su salario para combatir las afugias de cada día. Clason los reprende porque son serviles para sus monedas, respiran bajo el yugo de las deudas, y aunque parezca irracional aman esta nueva forma de servidumbre, la protegen a toda costa y están dispuestos a morir por defenderla de quien la ataque.

En opinión del autor, una vez que se ha roto este círculo nefasto, se puede dar inicio al proceso de generación de riqueza: llenar la bolsa, controlar los gastos, hacer que el oro fructifique, proteger los tesoros de cualquier pérdida, hacer de los bienes unas inversiones rentables, asegurar ingresos para el futuro y estudiar constantemente sobre las formas de acrecentar la bolsa.

Sin embargo, estas metas no se alcanzan solas. No es suficiente desearlo o meditar cada día. Es necesario tomar acción. Definir objetivos claros y ponerlos en marcha de la manera más ordenada posible. Bajo este postulado la determinación alcanza un valor incalculable. Es “insistir, persistir, resistir y jamás desistir”; es desear hacer algo y hacerlo; es comprender la diferencia entre sentirse capaz y serlo, en suma, saber que no hay imposibles, pues como lo expresó Napoleón “lo imposible es el fantasma de los tímidos y el refugio de los cobardes”.

“El Hombre más rico de Babilonia” deja profundas enseñanzas en quienes se aferran a un futuro mejor, quienes no permiten que su vida sea controlada por las circunstancias, quienes encuentran beneficios en medio de las crisis y no se abaten ante las dificultades que le presenta cada amanecer, quienes entienden que cada despertar es una nueva oportunidad de probar sus fuerzas y medir su voluntad, aquellos que no desfallecen y prefieren morir de pie y con las botas puestas antes que claudicar frente a sus enemigos o renunciar a sus sueños. Al concluirlo, comprendí la razón por la cual es un clásico dentro de la literatura empresarial norteamericana y un documento de lectura obligada.

 

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