Estamos en la época exacta para presentarle la lista de regalos a quienes quieren llegar al Congreso buscando votos en Caldas. Pero parecemos metidos entre dos intenciones electorales. La de algunos sectores de la ciudad, que les dejan a los candidatos un resumen de ruegos para que “al menos” nos traigan plata y obras de Bogotá. Y la de los candidatos, que dan vueltas en discursos generales y superficiales, diseñados para hacer proselitismo con la indignación y la radicalización de la elección presidencial.
Si tuviéramos un poco más de pausa, si volviéramos a la naturaleza de lo que hace un congresista, podríamos dejarles ideas y compromisos con más impacto para el departamento.
En la primera intención, la “lista de ruegos a Bogotá”, los actores de la región presentamos obras y proyectos que los candidatos siempre apoyan, porque está en juego el voto por ellos y su presidente. Buscamos arrastrar dinero hacia la región en este centralismo vulgar de rogar en Palacio lo que necesitamos en Norcasia. Que mire que necesitamos, que mire qué buena idea, que mire que nos prometieron, que mire que en Bogotá nos iban a dar un pedazo.
La conversación, por otra parte, es con candidatos que llegan con la foto general del país. Les falta zoom, traen el titular del periódico, sin profundidad, lleno de lugares comunes. Como ese de “el cambio”, que no aplica para la mecánica política, que no cambia. O ese de “salvarnos del comunismo”, tan setentero, frente a un leninismo que nunca llega. A menos que quieran hacernos pasar por desembarco del Ejército Rojo lo que es apenas este progresismo de Petro, que es tan nuevo para Colombia, y que es tan de toda la vida en su aplicación proselitista, destemplada y corrupta.
Si pensamos en la función de un congresista —hacer o reformar leyes, aprobar el Plan de Desarrollo, revisar presupuestos—, aparece una mirada de mayor impacto para la región y con más dosis de pragmatismo.
Si Caldas es de los departamentos que más envejecen, me gustaría menos congresistas tomándose fotos con los centenarios de Neira y más pensando en la transición demográfica. La Ley 1251 del 2008, sobre cuidado de las personas mayores, luce anticuada y con un lenguaje asistencialista. Habla de “adulto mayor”, expresión que enfatiza la ronología y no al sujeto de derechos; aunque es mejor que el “abuelito” que aún usan varios políticos, como si todos los mayores tuvieran hijo y nietos.
La ley concentra derechos y deberes en actividad física y medicamentos, como si envejecer fuera solo una historia clínica. La política pública del 2022 intentó superar esa mirada: hoy parece más avanzada que la ley que debería sostenerla. Esa actualización legislativa debería estar en la agenda de cualquier candidato.
Segundo, la calidad educativa. Las Pruebas Saber de 5° y 9° no son obligatorias para el Icfes ni para el Ministerio de Educación. Modificar el artículo 7 de la Ley 1324 del 2009 permitiría avanzar gradualmente hacia su obligatoriedad. La calidad en nuestros colegios está estancada frente a departamentos que han mejorado. Medir es detectar a tiempo cuándo los estudiantes no están aprendiendo.
La ley podría consolidar buenas prácticas que se ven ya en algunas regiones, por cuenta propia: continuidad de equipos técnicos, medición constante, adaptación curricular e incentivos a quienes mejoren.
Tercero, la salud mental. La Ley 1616 del 2013 fue reformada por la Ley 2460 del 2025 e introdujo avances en promoción y prevención, incluso en el ámbito laboral. Es estratégico contar con congresistas atentos a incorporar en el próximo Plan de Desarrollo y en los presupuestos una reglamentación sólida y recursos explícitos. La reforma reconoció acciones comunitarias que complementan la atención formal, con cultura, con deporte, con soporte barrial y familiar. Pueden ser avances importantes, pero sin congresistas atentos al presupuesto, se quedan en el papel.
Al final, encontrarse y conversar ya con los candidatos es ejercer democracia. Solo es afinarse hasta que las conversaciones no sean solo del provecho de “ruegos” cerrados o de campañas políticas superficiales. Los primeros se quedan cortos y las segundas nunca aterrizan.