Siempre hay espacio para la nostalgia en las elecciones al Senado en Caldas. Cada cuatro años, el recuerdo de un departamento potente en caudillos nacionales vuelve a aparecer, agitado por los mayores. La escasez y lo deslucido de los candidatos caldenses al Senado en varios periodos parece el efecto de una política local que se marchitó desde adentro y de una comunidad que tolera, e incluso aprovecha, los restos que quedan.
Hicimos una revisión de los cinco partidos más votados en Caldas al Senado en el 2022. Tomamos los cuatro candidatos más votados de cada uno y los votos depositados solo por lista. De esos 20 candidatos, solo cuatro fueron de Caldas: Guido Echeverri, Mario Castaño, José Luis Correa y John Hemayr Yepes. No incluimos a Humberto de la Calle (con un poco más de 7.000 votos), por la prevalencia de su imagen nacional. De los 190.624 votos de la muestra, estos cuatro sumaron 87.766, el 460%. Es decir, la mayoría de caldenses no votó por figuras locales.
Con estos datos se muestra que no solo hoy es más difícil llegar al Senado por un largo etcétera. También ocurre que en Caldas la política local ha dejado de resultar atractiva. Una clave para entender este fenómeno sigue estando en la investigación del periodista Carlos Hernández Osorio, Cuando caen los caciques (2015) (ver: https://shorturl.at/7JeDy). Aunque su foco era la caída del barcoyepismo, allí hay pistas útiles para comprender el declive político del departamento.
Hernández Osorio explica que no hubo un colapso repentino, sino una erosión progresiva por dos factores. Primero, la elección popular de alcaldes y gobernadores, que rompió monopolios electorales y burocráticos y volvió improbable el regreso de maquinarias tan abrumadoras. Segundo, el desgaste y la salida a la luz de prácticas deslegitimadas —corrupción, clientelismo y vínculos con la criminalidad— que minaron la confianza ciudadana. Entre el Robo a Caldas y las Marionetas, pasando por el Pacto del Tambor, muchos vieron que ese modelo deja más daño que beneficio para la región.
Avanzamos así entre fuerzas políticas con un escenario más competido, pero sin proyección nacional ni sostenibilidad. Está por verse hasta dónde llegan las movidas de Juan Sebastián Gómez en el Nuevo Liberalismo o las lealtades que sostienen a Wilder Escobar y al lizcanismo. Al mismo tiempo, persisten fuerzas que no renuncian a prácticas deslegitimadas y que apenas alcanzan para disfrutar las mieles por unos años, como ha ocurrido con el liberalismo después de Barco, Tapasco, Franco y Castaño.
La otra parte de este declive es que existen sectores de la comunidad dispuestos a aprovechar y tolerar los restos de esta política. Por ejemplo, admitiendo y votando lo que le propongan al Senado.
Hoy, desde el liberalismo, se nos propone como candidata al Senado a María Eugenia Lopera, heredera del cuestionado exsenador Julián Bedoya, quien compró su título de abogado. Lopera ganó notoriedad al salvar la reforma a la salud del Gobierno Petro en su primer debate, luego de que el grupo de Bedoya garantizara mayorías a cambio de cuotas, como la de Ana Cecilia Valencia en Talento Humano del ICFES (ver: https://shorturl.at/g9DVi). También el liberalismo suma al cordobés Fabio Amín, aliado de Andrés Calle, expresidente de la Cámara acusado por recibir el soborno multimillonario del caso UNGRD. La JEP le acaba de abrir a Amín una investigación por presuntos nexos con el paramilitarismo.
Desde el conservatismo llegan Luis Eduardo Díaz Mateus, hermano del exsenador Iván Díaz Mateus, condenado por la yidispolítica, y aliado del clan Aguilar —cuya cabeza fue condenada por parapolítica—. También proponen a Santiago Barreto, sobrino del exgobernador del Tolima Óscar Barreto, un talentoso de las herencias políticas con cuestionamientos por corrupción. (ver: https://shorturl.at/jyNeT). A esto se suma Juan Felipe Lemos Uribe, del Partido de la U, quien heredó los votos de su tío, el parapolítico Mario Uribe Escobar.
La nostalgia por el Senado es apenas un souvenir. No es ninguna brújula para una política que, aún hoy, profundiza las razones de su propio declive.