En la pasada columna compartí con ustedes la historia de un niño de grado primero, de un colegio público de Manizales, con apenas 6 años, quien, al despedirse de su madre para iniciar su jornada escolar, la persigna y, con tono angelical, le dice: “Prométeme, mamá, que no te irás a tomar cerveza”. En aquella oportunidad los exhorté a realizar las reflexiones que esta historia real amerita, pues estoy convencido de que puede ser analizada y valorada desde múltiples ángulos, cada uno de los cuales puede conducirnos a grandes lecciones, todas ellas, sin duda, signadas por la compasión.
Hoy quiero compartir con ustedes algunas líneas de mis propias reflexiones. Lo primero que debo señalar es que esta anécdota es tan solo una mínima muestra de las múltiples angustias que cargan nuestros niños en su morral escolar, y que hacen parte de un desafortunado decorado del currículo académico. Habrá muchos niños pidiéndoles a sus padres que les prometan no irse a vender drogas; otros tantos estarán preocupados porque no roben, no atraquen; en fin, termina uno pensando que la preocupación de Lucas, porque su mamá toma cerveza, resultaría, en comparación, una de las más veniales.
Sin embargo, la realidad es que, en una gran mayoría, nuestros niños no llegan a la escuela cargando un morral de ilusiones y esperanzas; todo lo contrario, la pesada carga de sus angustias rompe a veces el maletín escolar. Es allí donde surge la mano bondadosa de un gran maestro, quien, si bien en muchas ocasiones no logra solucionar los álgidos problemas de sus alumnos y sus familias, sí cumple una labor determinante al equilibrar esas cargas con pródigas esperanzas, de las cuales él mismo es un ejemplo vivo. No en vano son innumerables los casos en los que el personaje más significativo en la vida de muchas personas ha sido un maestro.
Normalmente son la mamá o el papá quienes hacen encargos y piden promesas de buen comportamiento, disciplina, respeto o buenas notas, incluso a cambio de recompensas: si el niño cumple, recibe un regalo, un paseo o alguna invitación especial. Aquí ha ocurrido lo contrario: la promesa la hace la madre. ¿A cambio de qué? ¿Cuál podría ser la recompensa?
¿Manejarse bien, sacar buenas calificaciones? Pienso también en la jornada escolar de Lucas: ¿qué pasará por su cabecita en cada momento de su jornada? Y, más aún, cabe preguntarse: ¿qué ocurriría si la promesa es incumplida?
La verdad es que serían muchísimas las inferencias y proyecciones que podrían hacerse a partir de esta anécdota, muchas de las cuales, con seguridad, serían validadas por la realidad. Todas ellas nos llevarían a afirmar que en Colombia existe una gran cantidad de niños que están llegando a la escuela sin posibilidades reales de aprender, debido a las afectaciones socioemocionales de sus entornos familiares, sin contar otras condiciones adversas como los problemas de gestación, la desnutrición, las discapacidades o las excepcionalidades.
El panorama se torna aún más grave y desesperanzador cuando se observa que esta fenomenología no forma parte de los programas estratégicos de los gobiernos, ni mucho menos de las apretadas agendas legislativas del honorable Congreso de la República.
Apenas ha alcanzado para promulgar la Ley de Infancia y Adolescencia, que no deja de ser un compendio de buenas intenciones, pero que, al no contar con financiación garantizada ni programas efectivos para su implementación, termina siendo un tenue manifiesto. Como decía mi abuelita: ni el niño come ni hay qué darle.