A lo largo de mi experiencia política he tenido que asumir y defender determinadas posturas que con frecuencia son atacadas con virulencia por opiniones que vienen, especialmente desde los extremos ideológicos más radicales, tanto de la izquierda como de la derecha. No estoy negando con esto el legítimo derecho a disentir.  Me refiero específicamente a quienes sin argumentos y con base en mentiras, calumnias o ataques personales, pretenden socavar la integridad y credibilidad de una persona.
Se trata de una práctica que desafortunadamente ha tomado cada vez más relevancia, especialmente a través del mal uso de las redes sociales, en las cuales se utilizan diversas estrategias, algunas legítimas, pero otras totalmente carentes de ética. Aparecen entonces las denominadas ‘bodegas’ en las que, desde falsos perfiles, se insulta y se atenta contra el buen nombre de personas e instituciones.
Esta reflexión me surge especialmente porque, de cara a las próximas elecciones de octubre, algunos pretenden posicionar sus nombres y construir sus plataformas políticas a partir del anuncio de falsas denuncias, de verdades a medias, para atacar a quienes ven como posibles contrincantes frente a sus ambiciones políticas.
Yo me pregunto, qué validez puede tener un candidato cuya campaña se basa únicamente en atacar o generar críticas a sus adversarios, sin argumentos válidos y con total ausencia de propuestas para mejorar las condiciones de vida de la gente. ¿Es esa clase de comportamientos lo que en verdad el electorado está esperando?
Para quienes actuamos de manera franca y abierta en la vida pública del país y expresamos sin tapujos nuestras opiniones, resulta arduo responder a este tipo de aseveraciones malintencionadas y sin ningún fundamento. En contraste, cuando la verdad surge, reina un profundo silencio por parte de quien calumnia o simplemente, sigue en el juego de tergiversar la realidad. El actuar con ética, no puede ser un asunto de selección.
En lo personal, nunca he sido amiga de peleas o de odios. Por el contrario, frente a los debates, siempre estoy a favor del diálogo, de la confrontación franca y directa de las ideas, de las opiniones, de los argumentos ciertos, sin insultos, sin ofensas.

 

Ejerzo la política desde hace décadas y no me avergüenzo de ello, todo lo contrario, estoy convencida de que los buenos políticos podemos transformar las sociedades y trabajar por los ciudadanos. Reconozco que es un oficio que trae consigo consecuencias que asumo con cariño y otras que no estoy dispuesta a aceptar. No podemos normalizar los montajes, las ‘fake news’ como una vía legítima para destruir al otro.
Pienso que las personas no tienen que estar pregonando que son honestas, eso es algo que cada quién lo demuestra con hechos, con la manera en que sus actuaciones han generado progreso y bienestar para la gente. 
Por eso, dudo mucho de quienes pretenden decir que son portadoras de la verdad y de los buenos valores, a partir de la difamación y la calumnia de quienes consideran sus contrarios, en vez de conquistar la voluntad del pueblo con propuestas políticas que lleven a cerrar las brechas sociales, generar empleo, inclusión social y lograr la paz. Por el contrario, sólo los mueve el rencor y la venganza. 
Como bien dice el refrán popular, “desde el desayuno, se sabe cómo será el almuerzo”. Así como algunos se comportan hoy en esta campaña, sin ética ni principios, así lo harán mañana cuando gobiernen.
No todo vale en la política. Por eso los invito a elegir bien a sus líderes. Por mi parte seguiré trabajando sin descanso para que, bajo el diálogo, el consenso y el liderazgo colectivo generemos las transformaciones, sociales, económicas y ambientales que permitan proyectar al mundo todo lo bueno que tenemos.