A Dayro lo tenían los aficionados "fuera del juego", lo veían como pieza de museo y algunos se atrevían a redactar su epitafio. Pero reapareció apoteósico. Con goles... goles de colección que le abren de nuevo el camino a la selección.
De aquellos que llevan a los críticos a morderse la lengua.
Fue otra de sus tardes de redención. Para él, para el Once Caldas, Para el entrenador Herrera. El fútbol tiene esas cosas, un taquito y un gol, por su efervescencia, tienen más poder que uno o mil discursos. Uno, o mil insultos.
Y que taquito. Sutil, venenoso, quirúrgico. La culminación de una brillante jugada que nació en la cabeza inteligente y los pies hábiles de Niche Sánchez. Su talento, que no tiene manual de instrucciones, que obedece a su instinto, bien interpretado por Juan Cuesta, socio del goleador para el delirio de la tribuna.
Antes del brillo de los cuatro goles, el Once coqueteo con las torpezas. La pelota, en el primer período fue enemiga, por la impericia visible para controlarla, por los errores en cadena.
Hasta que llegaron los retoques desde el banco. Luis Felipe Gómez, los dos Quiñones, Jader y Deinner, cambiaron el partido. Como el sacrificio de un volante de marca por uno con mejor rendimiento en el juego ofensivo. Talento por músculo.
Victoria reconfortante, no definitiva, pero sí terapéutica. El Once dejó en pausa sus fantasmas, frenó las pataletas de las barras y postergó la conjura de los necios.
Herrera, por pasajes encontró la sincronía que persigue. Ajustó, corrigió, se atrevió y acertó.
Modeló el equipo, frente a un rival que no dio tregua con sus ataques continuos, con su presión asfixiante.
Juan Felipe Castaño, tan aparatoso como necesario, recompuso la defensa con sus duelos intensos y su presencia intimidante. Pero la inseguridad en la zona sigue apremiando.
El "doble nueve" volvió a ser un recurso útil. El primer gol es una muestra de ello.
Partido con emociones, suficientes para alejar los bostezos. El resultado ajustado al trámite.
Respira el Arriero, Dayro agiganta su leyenda, y el Once, por momentos, parece un equipo y no un rompecabezas.
P.D.: Los gritos desaforados de algún asistente técnico, regañando a los jugadores, robando protagonismo desde la raya, no son bien vistos. El conocimiento no se demuestra con alaridos. La autoridad no los necesita. La voz cantante es el entrenador Herrera.