Fernando-Alonso Ramírez

Periodista y abogado, con 30 años de experiencia en La Patria, donde se desempeña como editor de Noticias. Presidió el Consejo Directivo de la Fundación para la Libertad de Prensa en Colombia (Flip). Profesor universitario. Autor del libro Cogito, ergo ¡Pum!

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Partidos cada vez más divididos en pequeñas facciones. Posturas ideológicas contrapuestas que esperan pescar en el río revuelto para forzar la idea de que la moderación no funciona en democracia. Líderes de opinión que restan importancia a dirigentes en ascenso que prometen echar para atrás las garantías civiles y constitucionales. Formas de imposición del Gobierno central sobre los gobiernos regionales del país. Y el posicionamiento de un mentiroso patológico rodeado de áulicos a los que tiene como fieles seguidores.

No, no estoy describiendo a Estados Unidos y su presidente, Donald Trump, lo que hago es referirme a la República de Weimar, ese intento constitucional por hacer de Alemania una democracia, pero que duró muy poco por cuenta de la sumatorio de fenómenos como los que acabo de enumerar.

Cuando estamos en un complejo proceso electoral en Colombia, lleno de personajillos muy apegados a su egolatría para mantenerse hasta el final sin importarles que eso contribuya a que las posiciones extremas ganen ventaja, y cuando las encuestas nos quieren llevar a que pensemos que solo hay dos opciones que pueden gobernar al país, a sabiendas de que son muchas más las posibilidades, es imposible leer El fracaso de la República de Weimar, sin pensar en lo que está viviendo en el presente en el imperio del norte de América, o en lo que puede llegar a pasar en Colombia si se sigue jugando con fuego, esto es, debilitar cada vez más nuestra endeble democracia.

Este libro se subtitula con acierto Las horas fatídicas de una democracia, porque se trata de un periodo que va desde el fin de la Primera Guerra Mundial (1918) hasta la ascensión de Adolf Hitler al poder (1933) y de cómo la violencia selectiva, los magnicidios estuvieron a la orden del día, la presencia de paramilitares protegidos por el nacionalsocialismo y dos intentonas de golpes de Estado, una de ellas propiciada por el mismo Hitler, permiten ver cómo los rasgos de los autoritarios son tan parecidos, tal como los ha retratado Moisés Naím en su libro La revancha de los poderosos.

Hay que recordar que a Hitler le tomó casi 10 años mover las fichas para llegar al poder. Empezó a tomar pequeños bocados regionales y luego uso la vieja estrategia de divide y reinarás, mientras acomodaba sus discursos para convencer a quienes tenían reatos por permitir que estos fascistas llegaran al Gobierno.

Sin embargo, no necesitó más de cinco meses para desmontar la democracia e imponer su idea de autocracia, lo que llevó a la pendejadita de la Segunda Guerra Mundial con por lo menos 45 millones de muertos, entre ellos, seis millones de judíos, alcanzados por la maquinaria asesina de Hitler y sus camarlengos.

Volker Ulrich es un destacado investigador de la historia de Alemania. Ya había reseñado por aquí su libro Ocho días de mayo, sobre los últimos días de la Segunda Guerra. En la obra de la que ahora les hablo, de nuevo acude a las fuentes de los periódicos de esos días, a historiadores y personajes públicos y sus diarios, para retratar el ambiente de lo que fue ese periodo de entreguerras, de hiperinflación, de violencias, de intrigas, cuando los enemigos de la democracia, bien de izquierda o bien de derecha, jugaban contra las instituciones, porque creían que a todos convenía.

Incluso algunos llegaron a pensar que Hitler podía ser un títere fácil de manejar cuando llegara al poder y que se moderaría, pero cómo saber que todas las barbaridades que decía efectivamente las iba a poner en práctica, pero ya lo sabemos y aún así seguimos eligiendo personajes que se comprometen a hacernos la vida más dura. Quién lo creyera.

Al empezar enero de 1933 el movimiento nacionalsocialista estaba defenestrado, solo Hitler seguía pensando en tener una oportunidad. La prensa de la época llegó a dar por terminados los éxitos limitados que hasta ese momento había tenido el partido fascista, pero ante la perplejidad de alemanas y extranjeros, cuatro semanas después, Hitler asumía como canciller de la República. Y ya no hubo vuelta atrás, sino cuando las tropas aliadas entraron a Berlín 12 años más tarde. Todo por pactos cocinados debajo de la mesa. Y todavía hay quiénes se preguntan qué tiene de malo que los políticos no sean transparentes o para qué defender la democracia. Un libro para reflexionar.

 

Subrayados

  • Virtudes burguesas como la rectitud, la decencia y el sentido de comunidad perdieron su significado; la falta de escrúpulos, el cinismo y el egoísmo se expandieron.
  • Cada vez resonaba con más fuerza en estos círculos el clamor por un hombre fuerte que con mano de hierro trajera orden al caos y liberara a Alemania de las cadenas del tratado de Versalles.
  • A medida que se agravaba la crisis económica fue tomando el control el ala derecha.
  • Su imagen de fuerza joven, no gastada y dinámica le otorgó al movimiento de Hitler un creciente poder de atracción.
  • Juntos, los nacionalsocialistas y los comunistas poseían la mayoría absoluta en el Parlamento y podían desempeñar su papel destructivo de manera aún más efectiva.
  • El triunfo de Hitler no fue de ningún modo un accidente de la historia alemana, como se afirmó durante mucho tiempo, pero tampoco fue el resultado inevitable o forzoso de la crisis estatal de Weimar.

 

Reproducción | LA PATRIA

El fracaso de la República de Weimar, un texto que nos habla de 100 años atrás y que es imposible no conectar con ciertos fenómenos actuales de autócratas.

El fracaso de la República de Weimar