Muchos están de acuerdo con lo que pasa en el país; muchos lo disfrutan y aprovechan para hacer evidente su total animadversión por la justicia social, en una región que se acostumbró a la desigualdad absoluta entre pocos que lo tienen todo y millones que no tienen nada. Hemos vivido 2 siglos de injusticia y desigualdad, abandono estatal y corrupción en todos los rincones de Colombia. Hacen parte de nuestra cotidianidad, como una desgracia de poderosos contra multitudes dejadas al olvido y abandono, sin que esas minorías que todo lo tienen se preocupen por una situación que trae violencia y es la cuna de muchas de las desgracias que vivimos.
No es que la riqueza sea mala. Por el contrario, ella es buena cuando la disfrutan multitudes. Pero la profunda desigualdad, la falta de solidaridad, la no preocupación por los otros, la brecha insondable entre esa minoría que lo tiene todo y la mayoría que no tiene nada, es el caldo de cultivo en el que germinan todos los resentimientos y las injusticias, todos los males que vivimos, en un país en el que la conciencia social no tiene importancia, el bienestar general no es preocupación de los afortunados, esos que dueños de todo,  se preocupan nada por los que los rodean, un caldo de cultivo  en el que germinan todas las injusticias y todos los desmanes, en una región del mundo en el que la vida vale poco y la muerte ya no vale nada.
Esos clanes que se apoderaron del país como un derecho que tienen heredado desde la colonia, actuando como señores feudales llenos de deshonra y falta de solidaridad, son en gran parte los responsables de la mayoría de las tragedias diarias que se viven en este paraíso, convertido en ese infierno en el que la vida es de privilegiados pero no de los compatriotas que se debaten a diario entre la desesperanza, la falta de oportunidades, el hambre y el olvido.
Nos acostumbramos a una vida de fueros, mayorazgos y regalías para pocos, a expensas de la pobreza de millones de compatriotas dejadod relegados en lo más profundo del olvido, a sabiendas de que en esa desigualdad está el caldo de cultivo de todos nuestros males. No podemos esperar tener una Colombia tranquila y en paz, mientras no nos preocupemos por nuestros hermanos desposeídos, abandonados a su suerte, viviendo en condiciones infrahumanas. Agreguemos los millones de colombianos que son esclavos de sus trabajos para poder sobrellevar el día a día, con no más ilusión que la de no morir de hambre y caer en la miseria. Es paradójico e inexplicable que ese grupo de gente que trabaja en la marginalidad o en condiciones de trabajos mal remunerados y esclavizantes, sean los que les sirven a los grupos de poder para mantenerse como amos y propietarios del mismo, porque los utilizan para lograr sus objetivos y mantener todos los privilegios, so pena de castigarlos con el desempleo y la miseria. Tienen así una multitud, muy grande de “esclavos”, que dependen para su supervivencia de que les “ayuden” a mantener los privilegios de los que los mandan y tienen poder sobre ellos.
La igualdad no existe entre personas diferentes, es una utopía fuera de contexto, que no vale la pena discutir. Pero la desigualdad extrema que tenemos en este país injusto, es una realidad que aunque nos neguemos a verla, está por todas partes esperando, para que cuando no sea más aguantable, se convierta en el detonante de una guerra sin cuartel y encarnizada por la supervivencia. 
Para comenzar a combatirla, tenemos que hacer políticas de inclusión social, de igualdad de derechos y oportunidades, con entidades de control que sean implacables con los que se roban los recursos públicos, con los delincuentes de todos los pelambres, sin distinción alguna; con una mano dura e implacable con los que desangran el Estado y se roban lo que es de todos.
A esos poderosos, que tienen la sartén por el mango y el mango también, tenemos que acorralarlos, seguirlos y vigilarlos; impedirles que roben lo que es de todos. El cambio no da espera. Es ahora cuando podemos construir una nación decente y justa. Este país, será un paraíso, cuando sea incluyente, diverso, no violento; cuando los clanes de criminales y gamonales que los mandan, sean castigados por siempre, con la pérdida de derechos y negación de privilegios inmerecidos, con los que burlan la justicia social. Necesitamos una Colombia digna e incluyente, en la que la vida sea un don que no pueda ser arrebatado o manipulado por nadie.