No están cerca las próximas elecciones, pero comienzan a salir a flote todas las realidades de gente que hizo un Pacto Histórico para poder reelegirse y con eso lograr de manera solapada, hipócrita y desvergonzada, continuar con los hilos de poder, que habían tenido en muchas regiones del país, en las que eran notorias la corrupción, las actividades desvergonzadas de una política sin principios, ni valores.
Ante los nuevos acontecimientos que se destapan a diario en este país de políticos cínicos y deshonestos, tenemos que pensar en lo que realmente se quiere mantener enquistado en un sistema dominado por la corrupción y la deshonestidad durante décadas, engendrado por ellos, uno que no es fácil de cambiar y que muchos quieren seguir teniendo, porque viven de defraudarlo y robarlo, carcomiéndose los restos que quedaron hace 1 año después del no gobierno realizado por un títere improvisado.
Ese majadero sin pudor, sin ética, sin límites, sin principios de decencia y honestidad, que ahora con el pelo canoso y la barba hirsuta, quiere dictar cátedras de moral personal y pública, cuando es la representación máxima de la inmoralidad y la deshonestidad, reflejo del grupo que lo llevó al poder, sin que él lo mereciera. ¿Estamos ante la reedición de una Colombia por todos conocida, o nos enfrentamos a unos compatriotas a los que no les importa lo que pase en nuestra querida pero maltratada y desvalijada Colombia?
Ya comenzaron a volver a sus trochas los que antes en las regiones representaban lo más perverso en el ejercicio de la política, no como el arte de gobernar un pueblo para su bienestar, sino como el clan de delincuentes de cuello blanco, desteñido o negro, disfrazados con trajes costosos, o desarrapados para mostrar que hacen parte de una nueva generación, a la que quieren imitar, pero a la que no  representan, porque realmente no les interesa nada distinto al enriquecimiento personal, la formación de grupúsculos de poder que  forman las cloacas en las que se convirtió buena parte del ejercicio de la función pública en nuestro país.
Entonces los colombianos que no hacemos parte de esas casas de citas políticas,  de esos prostíbulos de lo público, en manos de hombres y mujeres que manejan sin vergüenza alguna lo público, estamos sometidos a los vaivenes de la improvisación y la corrupción, de la deshonestidad y la complicidad entre iguales para hacer suyo, lo que siendo de todos, creen que les pertenece, porque piensan que son depositarios de especiales prebendas no comunes a todos los ciudadanos, violando la CN, que dice claramente que todos somos iguales en derechos y deberes, sin que lo seamos por cuenta de los manipuladores del Estado.
Ahora estamos ante la realidad de una Colombia en la que se destapan todos los días casos más aberrante de corrupción y nepotismo, de apropiación de los bienes del Estado, de desaparición de gran parte de lo que les fue incautado a los narcotraficantes, que presentado por un tembloroso e ineficiente funcionario, representan la pérdida y el robo de miles de propiedades que hoy no están en el inventario, pero de las que disfrutan no pocos funcionarios públicos, o sus familiares o amigos, a los que con trampa y sin pudor las entregaron, cometiendo delitos que tarde o temprano terminarán saliendo a flote, porque la verdad siempre llega, aunque sea muchas veces lenta.
Tenemos que acabar con el vencimiento de términos para ese tipo de delitos y para ese tipo de delincuentes, pero además debemos arrinconarlos, ponerlos en evidencia, sin que puedan seguir burlando nuestras normas jurídicas, con constipaciones o diarreas que en alternancia son permitidas como disculpa para aplazar audiencias ganar tiempo y  terminar sin juicio, para no ser privados de la libertad, encarcelados sin prebendas de casa por cárcel, cuando lo que merecen es cárcel por casa como lugar en el que resuelvan sus problemas de “mierda”, y no que  sea la deposición la que les resuelva sus fechorías y delitos.
Esto apenas está comenzando. Tendremos tiempo suficiente para escribir sobre los delincuentes que continúan aferrados a la burocracia, sobre la mano blanda de las autoridades de fiscalización “babosa”, la cínica actuación de una procuraduría traída de su “cabello”, de una contraloría salida de control.
No se puede gobernar y combatir la corrupción con corruptos e inescrupulosos. Es tiempo de cambiar para hacer de Colombia ese país justo e incluyente, decente y digno, que hemos querido tener desde cuando nos independizamos del yugo español y colgaron a Juan de la Cosa.