Es aterradora la andanada de ataques rastreros, infundios, consejas, chismes y acusaciones sin asidero que se desataron en contra de Abelardo de la Espriella. Se repite lo que hicieron en contra de Fico cuando lo vieron como el mayor enemigo del establecimiento y como el único contendor que le podría ganar a Petro. Solo que hoy con mayor ímpetu y con estratagemas más peligrosas por el estado de polarización y crispación que vivimos.
Lo curioso es que, en un resumen simple, la propuesta de Abelardo es gobernar con mano dura dentro de la Constitución. Es acabar con la impunidad y que Colombia se rija bajo el imperio de la ley. Es impedir que el delito se siga normalizando y que al delincuente se le siga premiando. Es acabar con el asistencialismo para que reine la dignidad del trabajador.
Es cumplir y hacer cumplir los principios de un Estado de Derecho que nos garantice la protección de la vida, honra y bienes. Es tener un país económica y jurídicamente estable.
¡Y esto es lo que reclamamos todos! ¿Por qué, entonces, genera tanto escozor? ¿Por qué tratar de acabar miserablemente con quien nos ofrece, sin ambages, las garantías de retornar a un país en Libertad y Orden? ¿Por qué atacar al abogado que garantiza juicios justos y en derecho, cuando todos estamos propensos a necesitar algún día su defensa? ¿Por qué atacar al empresario que ha generado riqueza, empleo y desarrollo, cuando es la fuente de recursos para cubrir nuestras necesidades? ¿Por qué destruir a quien se propone acabar con la iniquidad en Colombia?
Entonces, ¿quién le teme a Abelardo? ¡Muchos! Los políticos corruptos que no tienen forma de extorsionarlo o amenazarlo con delación; los terroristas con quienes no tiene compromiso alguno; los narcotraficantes a quienes, desde ya, les declaró la guerra; los vagos que usurpan matrículas en las universidades para liderar células guerrilleras urbanas; los grafiteros que viven de vandalizar impunemente el espacio público; los líderes indígenas millonarios que ven amenazadas sus riquezas; la primera línea que ve una fuerza real de defensa; los congresistas, jueces, magistrados y funcionarios ilícitamente enriquecidos; los grandes delincuentes que hoy gozan de libertad y protección estatal; los ladrones de cuello blanco que se sienten intocables; los cacos de poca monta, subsidiados por el Estado, que asedian y atemorizan a la gente inocente; Fecode y demás instituciones que han vivido del resentimiento social y del adoctrinamiento de juventudes; los progres que instituyeron pequeñas dictaduras, desconociendo los derechos ajenos.

Es decir; le temen, y con razón, quienes se saben por fuera de la ley y sienten que, con Abelardo, se les acabará el reinado.
De ahí el fervor de la gente. De ahí que no haya necesidad de lechonas para aglomerar multitudes en plazas públicas. De ahí que a él sí lo quieran destripar (en la primera acepción) y estén tratando de acabar con su vida. ¡Y de ahí la necesidad de ganar en primera vuelta!