Los libros son un refugio para la vejez, después de haber cumplido la labor instructiva e informativa en el proceso formativo de las personas, que alimentaron su vida productiva. Cuando se ha cultivado la costumbre de leer, es más grato y llevadero el proceso decadente de los años. Los temas, los estilos o los autores son irrelevantes, porque se trata solamente de ocupar el tiempo y distraer la mente, para que se acorten los días y la soledad, cada vez más evidente, tenga un lenitivo y en qué entretenerse.
La actitud positiva es, por sí misma, un paliativo para el inexorable declinar de las energías vitales, y se manifiesta en lo que se hace, se dice y se escribe, cuando los términos negativos se sustituyen por expresiones afirmativas. En ese sentido, en el hermoso libro Los Ojos de Mona (Thomas Schlesser -francés-. Random House. Colombia 2025) dice el autor: “(…) Mona era, en su expresión, totalmente impermeable a las formulaciones negativas. (…) se podía escuchar a la niña durante horas y horas, sabía ser afirmativa, exclamativa, interrogativa, pero jamás utilizaba una fórmula negativa, como si, por alguna fantástica combinación del cerebro, su pensamiento natural rechazara ceder a la sombra que proyectaba sobre las frases el adverbio ‘no’ o la conjunción ‘ni’.
Podía decir ‘es imposible’, pero era incapaz de pronunciar las palabras ‘no es posible’. Del mismo modo, podía afirmar que ‘ignoraba algo’, pero no podía disculparse por ‘no saber’. Pero ¿de dónde procedía esa alquimia? Henry (el abuelo) se lo aclaró: - Acuérdate de lo que te dijo tu abuela, “Mona: Olvida lo negativo, conserva siempre la luz en ti”.
Mona había sufrido una repentina perdida total de la visión, que se recuperó un rato después, pero planteó un interrogante acerca del por qué, que el médico de la familia resolvió buscar a través de la consulta con el siquiatra. La tarea de llevar a la niña con el especialista se le encomendó a Henry, el abuelo materno, quien decidió orientar el “tratamiento” hacia espacios distintos a la investigación médica y entonces se decidió por la contemplación del arte pictórico, que el anciano dominaba, e introducir a Mona en sus intimidades.
Así, programó un día de cada semana para visitar los museos de París, donde se encuentran las obras de los pintores más famosos, escoger una de cada uno, y, adentrarse en el análisis de sus características técnicas y temáticas, más allá de la apariencia que reconoce el público desprevenido. Cada visita incluía un autor y una obra suya, tarea que se prolongó por 52 semanas, mientras que la familia de Mona pensaba que el abuelo la estaba llevando donde el siquiatra, incógnita que los dos, la niña y el viejo socarrón, se guardaron. “Si te preguntan cómo se llama el doctor, diles que Botticelli”.
Cuando se develó el misterio, la singular terapia había dado excelentes frutos, disipando la posibilidad de recaer Mona en una súbita ceguera y se había convertido en una experta en el análisis de obras pictóricas. El lector del libro, además de disfrutar la amena narrativa, también aprende sobre arte, porque las obras que se analizan están reproducidas en una sección intermedia del texto.