En la Administración pasada, ante la insistencia de los ciudadanos y de algunos concejales por el mal estado de las vías, preguntamos al entonces secretario de Obras Públicas cuánto costaría realmente tapar todos los huecos de Manizales. La respuesta fue que se requerían aproximadamente 40.000 millones de pesos. Era una cifra alta, sin duda, pero representaba una meta concreta para resolver un problema palpable.

Hace pocos meses, en el marco de la discusión del presupuesto municipal para el 2026, decidimos reiterar la misma pregunta a la actual Administración. La respuesta fue que tapar la totalidad de los huecos en la ciudad costaría cerca de 100.000 millones de pesos. La conclusión es preocupante, si el costo de reparar lo elemental crece a este ritmo, en la siguiente administración hablaremos de una cifra mucho más alta, probablemente superará los 150.000 millones. A este paso, los huecos no solo crecen en profundidad, sino que se multiplican en el presupuesto.

Parece que, en Manizales, tapar huecos se ha convertido en un acto revolucionario. Y es allí donde radica la mayor ironía. Lo que debería ser una labor de mantenimiento rutinario, casi invisible, ejecutada por una Secretaría de Infraestructura eficiente, se ha transformado en una gesta heroica, en una promesa electoral repetida y en un "milagro" cuando se concreta en unos cuantos barrios. Lo natural, lo mínimo que un ciudadano espera a cambio de sus impuestos, resulta ser hoy en nuestro municipio algo extraordinario.

Entiendo perfectamente que tapar un hueco no tiene el glamour de inaugurar un intercambiador vial, un puente elevado o un bulevar. No es una obra que merezca una placa de mármol ni que pase a la posteridad en el currículo de un exalcalde. Sin embargo, tapar un hueco es suplir una necesidad básica de la comunidad. Es devolverle la dignidad a la ciudadanía. Es, en esencia, lo mínimo que un barrio o una comuna espera después de cumplir con sus obligaciones tributarias.

Un bulevar está muy bien, pero no debería construirse sobre el abandono de las calles de los barrios.

Hemos intentado, desde distintos espacios, poner la discusión de la malla vial en el centro de las obligaciones de la Secretaría de Infraestructura, pero la verdad, el éxito ha sido esquivo. Hoy, el foco mediático y presupuestal está sobre otros proyectos: los bulevares, los intercambiadores viales, los puentes elevados. No está mal soñar, pero una ciudad no se construye solo en las avenidas; se construye de barrios enteros que claman por lo básico.

Ya es un lugar común decir que los huecos en Manizales son democráticos: no respetan estrato social ni avenidas principales. Es un problema que nos afecta a todos, porque al final, la movilidad es una sola y el malestar se contagia.

Esperamos, con genuino interés ciudadano, que la actual Secretaría de Infraestructura tenga la capacidad técnica y financiera para terminar las obras propuestas. Pero, ojalá, si les queda tiempo y presupuesto, se acuerden de tapar esos miles de huecos que convierten el día a día de los manizaleños en una pista de obstáculos.