Cuando ves por la ventana de tu sala, cuando sales a caminar por la avenida Santander paseando tu perrito, cuando entras a un centro comercial y compras las arepas del desayuno de mañana, cuando pasas por el Centro de la mano de tu novio; no hay escapatoria, estás cada vez más asediado. La propaganda política volvió; vallas donde vayas.

Te bombardea desde que te levantas. Incluso cuando te distraes en alguna red social mientras estás en el baño, o cuando oyes tu programa de radio favorito. Te preguntarás si las elecciones son un ritual de la democracia o más bien un desfile de sonrisas y promesas falsas -si es que hay promesas-.

La palabra “propaganda” se ajusta mejor que democracia, porque todo esto tiene más que ver con psicología del consumidor. Los políticos por estos días piensan en ti como piensan en un cliente al que hay que venderle un producto. Quieren llamar tu atención (ese bien tan escaso ahora); no desaprovecharán cualquier rincón para plasmar su cara de sonrisa blanqueada, su lugar común.

“Propaganda” parece más una palabra relacionada con la guerra -propaganda nazi, propaganda soviética-. Como lo sospecharás, las guerras solo se hacen con plata. En el informe de “Balance electoral 2022. Capítulo Caldas” de la Corporación Cívica de Caldas y Transparencia por Colombia -con datos de Cuentas Claras- se dice que, en las elecciones para la Cámara de Representantes anteriores, los candidatos destinaron el 47% de sus gastos a la propaganda electoral, es decir, casi $2.100 millones, sumado esto a otros $197 millones en materiales y publicaciones. La plata no es para las ideas, ni para definir un buen programa de gobierno o legislativo; es para la propaganda, para bombardearte de imágenes y sonidos.

También el mismo informe deja entrever que las curules se ganan si hay plata, no se ganan con programas. Los cinco candidatos elegidos para representar a Caldas en este período que está por terminar se gastaron en promedio $311 millones de pesos, mientras que los 35 que no fueron elegidos, $83 millones. Cada uno de los elegidos tuvo un 6,97% del total de gastos de todas las campañas, mientras que los no elegidos, un promedio de 1,86%. Varios de los elegidos pasaron desapercibidos, y aun así quieren ser presidente o senador.

Esto es de pose y de plata -con reyes de puestos y con políticos de votos (para usar el doble sentido)-. Cada año surgen las mismas preguntas, nadie parece hacer nada al respecto. En columnas recientes habrás leído varias críticas: las vallas no invocan propuestas, sino solo superficialidad (Ivonne Mendoza en La Patria) y se generan por una especie de identificación narcisista (Camilo García en Barequeo).

Y eso que no hablo de lo que tal vez ya te hayas preguntado: la cantidad de basura que se produce tras cada elección, el plástico y el papel de un solo uso que se desperdicia, la energía que se gasta para que un político se aproveche del espacio público.

No es normal que te bombardeen por todos los flancos, tampoco que los políticos aparezcan solo cuando hay elecciones -muchos de ellos únicamente en las vallas donde vayas-.