Desde sus maderas -cual fieles sus instrumentos-, violines, guitarras, marimbas, fagotes, clarinetes, pianos, oboes, violonchelos, sus melodías ahora nos dan. Pero antes de ellos, los árboles, como callados juglares, en la lenta floración de sus maderas construyendo iban; y pacientes en su intimidad guardando iban lo que después sería música; música despertada mediante la actuación de aquellos  instrumentos. En su silencio interior, los árboles, sapientes en esa vocación, acumulaban con paciencia los posibles sonidos, las posibles notas, los elementos esenciales de ese gran arte.
Si la madera “habla cuando se la toca”, no es muy aventurado afirmar que la música no es creada originalmente por el compositor, sino que es descubierta por él en la materia. Y especialmente en la madera.
Retuerzo un poco a Martín Heidegeer, su libro El origen de la obra de arte. La materia no es inerte; en su construcción  el artista pone en evidencia la verdad del ser de ella. La materia no es algo neutro, solo que a través del autor emergen sus propiedades esenciales.
Porque la naturaleza, generosa y sonriente, también colabora. Son los casos de los famosos violines Stradivarius y Guarneri, de Cremona, este último fabricante del que usaba el brujo de Paganini. No igualados en su sonido, después de 300 años de evolución y análisis. Además del posible barniz misterioso y de la técnica refinada de sus fabricantes, aparece un factor irrepetible en su calidad. Fueron aquellos abetos que crecieron lentamente debido al gran frío entre 1645 y 1715.  Con anillos más delgados, con fibras más compactas y uniformes. De allí su sonido especial, cautivante, definitivo.
Santiago Beruete, en Filosíntesis, refiere a Saúl Hebreo, cabalista de la Edad Media, que escribió sosteniendo que los árboles, en sus formas contienen su alfabeto y su mensaje. Ahora lo recibimos, estético, en la belleza de las flores, y cultural, en el papel, árboles convertidos en libros conteniendo mucha sabiduría. Y también en sus notas musicales, remansadas en sus troncos. Medianeros son los árboles entre esta humanidad sintiente y la naturaleza.
En el caso de la madera en esos instrumentos, séame permitido divagar sobre algunas de nuestras relaciones con el árbol. Como todos los seres vivientes, hermanos somos, y con él tenemos un ancestro común, comienzo de la vida aquí, en la primera y única célula hace 3.500 millones de años. Por eso compartimos con él el 60% de los genes. El oxígeno que respiramos nos lo proporciona el árbol: así él está en nuestra sangre. Quizás por eso sentimos que la música de su madera toca algo misterioso dentro de nosotros. Remembranzas de una fibra íntima, suya y nuestra, desconocida y poderosa.
Y yo, que creo en Dios, cuando me corresponda dormir el final definitivo, en mi oficio religioso espero partir dándoles las gracias, tanto al árbol como al melodioso viento de unos violines en sus ecos. Un adiós bajo sus maderas, con su canto y su arrullo. Fiel despedida en la música, magia suya y la del árbol, para bien acompañar mi alma hacia el más allá de todas las estrellas.