A Don Quijote, lector literal y crédulo, habría que concederle cierta razón, ya que en algunos casos es saludable asumir la ficción como si fuera realidad. Como una buena maestra, incorporar su contenido a nuestro acervo vital, para así enriquecer nuestra íntima humanidad. Es el caso de la escena entre Príamo y Aquiles, final de la Ilíada.
La guerra de Troya, Aquiles, griego, furioso por la muerte de su amigo (¿o amante?) Patroclo, mata en combate a Héctor, el más significativo de los troyanos; y se niega a entregar su cadáver. Asunto grave, pues allá juzgaban que sin sepultura toda alma vagaría sin descanso y para siempre.
Aquí viene la escena que, siendo ficción, deberíamos incorporar a nuestra conciencia. Príamo, rey de Troya, padre de Héctor, va al campamento enemigo de los griegos, ingresa a la tienda de Aquiles, se arrodilla, besa la mano del matador de su hijo, le abraza las piernas y se identifica. Como padre, le recuerda a Aquiles el suyo, que no lo verá en su muerte y que así sufrirá. Le ruega que le entregue el cadáver. Aquiles reflexiona: “Los dioses condenaron a los míseros mortales a vivir en la tristeza…”. Ambos lloran.
Yo me atrevo a prolongar la escena. En la noche, los dos hombres, el anciano desvalido frente al imponente guerrero. Príamo implora: Aquiles, te pido aceptes que su madre, su esposa y su hijo le den su último adiós en despedida; accede a que laven su cuerpo con el óleo sagrado; concédenos que le tributemos su honra a quien murió en leal combate; y recuerda que debo ponerle una moneda de oro en sus labios para que pueda pagarle al barquero Caronte su travesía por el río Estigia, el camino final de su alma hacia su eterna morada. Piensa, piensa, Aquiles, piensa en tu padre. Ambos lloran. El cadáver le es entregado a su progenitor.
Enaltecido pasaje que algunos consideran el más elevado de la literatura de todos los tiempos. La guerra, “serie infinita de duelos”, aquí con una escena de reconocimiento, reconciliación y pena. Muestra Homero que podemos pasar de lo destructivo a lo compasivo. Si la realidad es roma, por lo general prosaica; si la historia debe atenerse a los hechos, sin elegancias ni supuestos o inventados brillos, tal vez cierta ficción en la literatura, más expansivo, nos ha sido dada para que nos potenciemos, mejor recordemos, e inclusive seamos más suave e íntimamente heridos. Y también para sentirnos redimidos por la poética invención de elevados, pero muy posibles comportamientos humanos.
Como toda guerra, esta terminará en llanto. Héroes y reyes, soldados combatientes y ancianos, viudas y huérfanos, al final de la epopeya guerrera todo concluirá en sus lágrimas; lágrimas que esparcidas por lastimeros vientos dormirán con pena sobre sus castigadas tierras.
Si de Homero se aseguró que había educado a la Grecia inmensa en su época de tránsito hacia la grandeza humana en esos tiempos, lo cierto es que esa escena no los escolarizó, ni a ellos ni a sus descendientes culturales, los europeos de las continuadas e imperdonables guerras. Ambos obviaron la curación por la ficción.