Está en cartelera la película La empleada. Totalmente recomendada. Fui a verla sin imaginar el análisis al que me llevaría. Aunque no es una película sobre sexualidad, habla de ella todo el tiempo.
El personaje de la empleada nos muestra su sexualidad a través del silencio que usa como estrategia de protección, y a través de un cuerpo que está disponible para quienes tienen mayor poder o jerarquía. Ella no tiene derecho a sentir, pero su única herramienta para sobrevivir en un medio en el que es invisible es su cuerpo. La empleada es utilizada por otra mujer que tiene poder y dinero y, a su vez, es usada por un hombre que solo necesita llenar sus vacíos y proyectar sus traumas.
Por otro lado, “la patrona”, que aparentemente es una mujer con privilegios económicos y sociales, también construye el relato de su sexualidad desde la frustración, la competencia silenciosa con otras mujeres, la comparación, el control, la exigencia de su esposo, su suegra, su medio social y desde la esencia protectora como madre. Ella sí tiene voz, pero no autonomía. Su sexualidad sigue atada a la imagen, a la validación y al deber ser.
Aquí se confirma que el alto nivel socioeconómico no es sinónimo de libertad sexual, ni financiera, ni emocional. “La patrona” reproduce la violencia entre mujeres que nos ha heredado el sistema patriarcal y machista para poder sobrevivir. Porque el machismo también ha puesto a las mujeres a vigilarse, a competir y a violentarse entre sí. El personaje masculino, avalado y admirado por la sociedad, no tiene que sobrevivir ni justificar nada; solo actúa desde su poder de macho, de rico y poderoso, sin tener que demostrarle nada a nadie, sin competir y sin temer las consecuencias de sus actos. Solo es. No tiene miedo, censuras ni culpas.
La narrativa de estos tres personajes me lleva a concluir que la sexualidad femenina sigue siendo administrada por otros; debe justificarse, y se castiga cuando no cumple las reglas o expectativas sociales y culturales. Mientras tanto, cualquier acto violento de la sexualidad masculina se ha normalizado, se ha justificado y se sigue permitiendo, llevando a muchas mujeres a buscar justicia por sus propios medios. Definitivamente, las mujeres en temas de sexualidad cargamos con un peso sociocultural que, a pesar de los esfuerzos, las campañas de equidad y de inclusión, no hemos logrado superar.
Hablar de sexualidad femenina no es hablar de actos como tal, sino de “derechos narrativos”: Quien puede sentir, quien puede decir, quien puede callar, y quien conoce y hace cumplir todos sus derechos.
Hoy les hago la invitación para que sigamos levantando la voz ante el maltrato, el miedo, el silencio por protección y las injusticias de género. Para que llegue el día en que las mujeres no tengamos que calcular lo que decimos, lo que callamos, cómo nos paramos, cómo nos vestimos, cómo no provocar.
Aún hay mucho camino por recorrer, pero no nos detendremos.