Mientras caminaba la ciudad en días de Feria una pregunta me empezó a dar vueltas en la cabeza: ¿La Feria es realmente para los manizaleños o es, sobre todo, para los turistas? No es una pregunta menor. Si la Feria es también para los visitantes (y claramente lo es) entonces no hay que tenerle miedo a decirlo. El turismo activa la economía local: hoteles, restaurantes, bares, transporte, comercio y todo el ecosistema del entretenimiento y el sector HORECA se benefician cuando llegan personas a gastar su dinero en la ciudad. Eso, bien hecho, puede ser una ganancia colectiva.
Pero la pregunta de fondo es ¿qué ciudad le estamos ofreciendo a los habitantes y a los visitantes desde la perspectiva urbana? Porque lo que vemos es preocupante. Permitimos el uso invasivo del espacio público para instalar carpas, tablados y estructuras improvisadas que cercan parques y plazas como si fueran potreros.
A esto se suma algo aún más grave, la carencia absoluta de diseño. Las carpas, lonas, impresiones y estructuras temporales demuestran todo menos el buen gusto. Resulta desconcertante que, teniendo más de dos mil arquitectos en el departamento, dos facultades de Arquitectura y programas de Diseño Industrial y Visual terminemos aceptando montajes que ignoran el paisaje, la memoria y la dignidad del espacio público. La Torre de El Cable es quizás el caso más doloroso. En lugar de exaltar un ícono turístico, lo rodean de carpas y gráficas sin criterio, anulando su potencia simbólica.
Si queremos que la Feria tenga un eje claro -por ejemplo, ser un gran bebedero donde la gente venga a degustar los productos de la licorera-, entonces hagámoslo bien. Aquí es donde vale la pena hablar de arquitectura efímera y de las folies. No como un lujo ni como un capricho académico, sino como una oportunidad. En eventos como la Bienal de Arquitectura de Venecia, los pabellones temporales no son simples contenedores: son destinos, manifiestos urbanos que dialogan con la ciudad y el paisaje. Y en experiencias como Burning Man, la arquitectura efímera es el corazón del evento: estructuras pensadas con rigor conceptual y sensibilidad territorial, donde lo temporal se vuelve memorable y respetuoso.
Las folies funcionan así: no invaden, dialogan; no cercan, invitan; no esconden la ciudad, la revelan. Son piezas arquitectónicas que activan el espacio público sin destruirlo, que convierten el diseño en experiencia y el evento en identidad.
Tal vez el futuro de la Feria no esté en ocupar más espacio público, sino en ocuparlo mejor. En abrir la Feria al diseño. Una Feria verdaderamente para los manizaleños es aquella que celebra, incluso en lo efímero, el respeto por el espacio público, el paisaje y la inteligencia colectiva que esta ciudad tiene de sobra.

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Vale la pena felicitar la programación que se llevó a cabo en el Centro Cultural Rogelio Salmona, liderada por el equipo de la Vicerrectoría. Allí se demostró que sí es posible pensar la Feria desde la cultura, el contenido, la conversación y el cuidado del espacio, sin estridencias ni ocupaciones invasivas. Como se dijo en el discurso de cierre: “Este es un granito de arena para empezar a repensar el futuro de la Feria de Manizales”. Tal vez de eso se trate: de entender que los futuros no se imponen, se construyen paso a paso, con criterio, con diseño y con respeto por la ciudad que habitamos.