A los 14 años muchos jóvenes lidian con exámenes, redes sociales, cambios corporales y con un miedo profundo y menos visible, el miedo a equivocarse, a decepcionar, a provocar una reacción que no saben manejar. La ansiedad se construye cuando el entorno -familiar, escolar o social- transmite, de forma explícita o implícita, que expresar lo que se siente puede tener consecuencias negativas. En estos contextos, muchos adolescentes aprenden a callar, a reducir su lenguaje, a ocultar partes de su vida porque buscan protegerse, y el miedo, entonces, deja de ser una emoción pasajera y se transforma en una forma de estar en el mundo.
El problema es emocional, ético y existencial, porque un adolescente que vive con miedo aprende que sobrevivir es más importante que ser honesto, que evitar el conflicto es preferible a decir la verdad, o que adaptarse es más seguro que ser íntegro. Y cuando esto ocurre, la ansiedad afecta el bienestar mental y la construcción de la identidad.
El primer paso para lidiar con el miedo desproporcionado es cambiar el relato. El miedo es una señal del cuerpo y de la mente que indica que algo se percibe como amenazante, el problema surge cuando el adolescente no sabe qué hacer con esa señal, pues sin herramientas, el miedo permanece y la ansiedad toma el control. De ahí que aprender a identificar lo que se siente -ponerle nombre a la emoción- sea una habilidad fundamental. Decir “tengo miedo” o “estoy ansioso” no agrava la situación; la ordena. Nombrar la emoción reduce su intensidad y devuelve una sensación de control.
Antes de pedirle a un adolescente que “hable” o “explique”, es imprescindible ayudarlo a regular su cuerpo, ya que la ansiedad activa el sistema de alerta con respiración acelerada, tensión muscular y bloqueo mental. Técnicas como la respiración lenta y consciente permiten enviar un mensaje claro al cerebro, “no hay un peligro inmediato”. Sin calma corporal, no hay diálogo posible.
Vivir con integridad significa aprender a alinear lo que se siente, lo que se piensa y lo que se hace, de forma progresiva y segura, por eso la honestidad en contextos de miedo es un proceso, no un acto heroico. Por eso, enseñar a los adolescentes que pueden empezar con pequeñas verdades, con pocas palabras y en espacios seguros, es clave para que recuperen la confianza en su propia voz, ya que callar permanentemente daña y hablar sin recursos también. La educación emocional consiste en encontrar ese punto intermedio.
Finalmente, hay un mensaje que debe quedar claro. Pedir ayuda no es fracasar, todo adolescente necesita un adulto emocionalmente disponible que pueda sostener, escuchar y orientar. Cuando ese apoyo no está en el entorno inmediato, la escuela y los profesionales de la salud mental cumplen un rol insustituible. Esta es la razón por la que invertir en herramientas psicoemocionales es invertir en jóvenes más libres, más íntegros y menos dominados por el miedo, porque la ansiedad se supera con comprensión, habilidades y acompañamiento.