María Yepes, esposa del capitán Trejos, lo recuerda como un hombre optimista y fiel seguidor del Deportivo Pereira 

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María Yepes, esposa del capitán Trejos, lo recuerda como un hombre optimista y fiel seguidor del Deportivo Pereira 

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Para ser hincha del Deportivo Pereira hay que tener dos características: aguante y optimismo. La primera para soportar las adversidades de un equipo que gana poco, y la segunda, para creer que cada temporada se romperá el maleficio de las malas administraciones. 

Ambas cualidades las tenía Carlos Alonso Trejos, más conocido como el capitán Trejos, uno de los caldenses más fanáticos del equipo risaraldense.  

El capitán estuvo con el equipo desde que tenía seis años. Se enamoró de la indumentaria y de los colores, y desde esa vez, fue tan fiel al equipo, que le decía a su esposa que primero se separaba de ella, que dejar al conjunto aurirrojo. 

Su esposa, María Yepes, lo describe como un hombre trabajador, sonriente y echado para adelante. En los 52 años que compartieron –51 de casados–, hubo tiempo para viajes, anécdotas, libros y mucho fútbol. 

De embolador a bombero

La infancia de Carlos fue de trabajo en trabajo. Oriundo de Riosucio (Caldas) estuvo a cargo de su abuela hasta los seis años. Ni su madre ni su padre estuvieron con él, por eso tras la muerte de la abuela, se fue para Pereira a probar suerte. 

Lo primero que encontró fue trabajo como embolador en la Plaza de Bolivar. Ahí, entre zapatos y jornadas de sol a sol, conoció al amor de su vida. 

“Él en ese tiempo de pequeño, como que era embolador. Entonces él se hacía ahí en el parque de Bolívar en Pereira y le embolaba los guayos a los jugadores. Ahí fue donde empezó con el amor por el equipo”, recuerda su esposa.

Entre todos los trabajos que tuvo en su infancia, uno de ellos fue de conductor. Ahí ingresó a trabajar en la empresa Arauca. Carlos no sabía que en ese ir y venir por las carreteras del Eje Cafetero, iba a conocer a María, su esposa y compañera de vida. 

“Cuando nos conocimos, él trabajaba en la empresa Arauca. Eso fue en el año 74. Yo soy de Pensilvania (Caldas) y estudiaba en Santa Rosa de Cabal. Yo estudiaba agronomía. Cuando ya terminé, nosotros nos casamos en el año 75, el 10 de abril de 1975 nos casamos”. 

La vida les sonrió a ambos en Manizales. A Carlos le salió trabajo como bombero, y para alguien que veía la vida con tanto optimismo, trabajar en la ciudad de donde es el clásico rival de su amado equipo, no fue un problema. 

“Desde el año 76 empezó a trabajar en bomberos. Él ahí terminó siendo jefe operativo, trabajó 30 años hasta que se pensionó”, menciona Yepes. 

Ser hincha en territorio rival 

El capitán además de optimista era orgulloso. En ningún momento sintió vergǔenza por ser seguidor de un equipo que, por malas administraciones, sufre más de lo que gana. Mucho menos si tenía que usar los colores en la ciudad rival. 

“En Pereira lo llamaban el Manizaleño y aquí en Manizales el Pereirano, pero jamás él dejó de utilizar la camiseta. Él tenía más de 50 camisetas del Pereira y cada ocho días se colocaba una con la chaqueta, pero nadie le decía nada por eso. Lo respetaban, nadie le puso problema por eso”.

Cada ocho días era un ritual ir a fútbol. Si había clásico era de los primeros en llegar al Palogrande o al Hernán Ramírez Villegas. Y si no había competencia profesional, asistía a apoyar al equipo en la Copa Trinche o la Copa LA PATRIA. 

“Él siempre estaba en los torneos de LA PATRIA, los que había en la cancha auxiliar, en la Copa Trinche, todo lo que fuera de fútbol, ahí estaba él”.

Pero nunca fue solo. A su lado siempre estuvo María, que aunque no era muy futbolera al principio, también aprendió a querer al Matecaña y a hacerle fuerza. 

Amor de carretera 

Después de pensionarse, el Capitán y María salieron de gira por Colombia persiguiendo al Deportivo Pereira que en esa época estaba en la segunda división, 

Iban y venían de estadio en estadio, combinando el amor de ambos, las anécdotas de viaje y las desilusiones deportivas. 

Yepes recuerda que las canchas eran casi potreros y los estadios no tenían ni siquiera seguridad para los periodistas que debían transmitir en medio de aguaceros. 

Pero ni en esas condiciones desistieron ambos de seguir la estela del equipo que soñaba con volver a la A.  

“Él decía que no importara que así estuviera en la Z, ella estaba ahí con el equipo”, comenta Maria. 

En todos los estadios, –Popayán, Turbo, Cúcuta, Yumbo–, Carlos llevaba una bandera que ondeaba orgulloso como símbolo de amor. 

“La bandera más grande que pudiera haber a él le encantaba. Y cada año la cambiaba y entre más grande que la anterior, más le gustaba”.

El llanto del campeón 

La vida le jugó una mala pasada cuando Deportivo Pereira pasó a su primera final: en el partido decisivo contra Junior en Barranquilla, tuvo un infarto y el diagnóstico fue cruel: no podía ver ni escuchar fútbol en tres semanas. 

“El médico le dijo ‘no, el partido ni lo puede escuchar, ni lo puede ver’. 
Porque cuando eso ocurrió, a él lo hospitalizaron 27 días”. 

Uno de los deseos más profundos del capitán, era ver campeón al equipo, al menos una vez, antes de morir. Y quien le llevó la noticia del primer campeonato fue su hijo, quien a pesar de ser hincha del Once Caldas, compartió la emoción con su padre. 

“A la semana siguiente mi hijo le llevó el video de la final, porque él no la pudo ver. Y lloró. Eso fue impresionante”. 

Coleccionando recuerdos 

María cuenta que su esposo no solo fue un apasionado del Pereira sino del fútbol en general. Hizo amigos en la tribuna, en los banquillos y en la cancha. 

Tanto así que el Pecoso Correa, uno de los defensores del Matecaña, cuando el equipo gritó campeón, le regaló la camiseta del título firmada por todos los jugadores de ese plantel.  

“La que más le gustaba era la que le regaló el ‘Pecoso’ Correa, la del campeonato, firmada por todos los jugadores. Esa la tenía como un tesoro”.

Junto a ese recuerdo, hay cientos de fotos que guarda en un álbum, donde siempre se le ve feliz con sus colores, ondeando la bandera rojiamarilla. 

María dice que su esposo murió tranquilo, con la certeza de ver a su amado equipo levantando los brazos y con su primera estrella bordada encima del escudo

Además, gracias a esa pasión por un equipo de fútbol, les permitió conocer rincones de un país tan diverso como Colombia.


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