Hace poco inició el año escolar en todas las escuelas del país y los escolares vuelven a pintar la escuela con su policromía de alegría y entusiasmo. Atrás quedan las vacaciones, las fiestas navideñas, el regocijo del Año Nuevo y todas las manifestaciones de asueto que nos ha traído este merecido y gratificante descanso. El regreso de los niños es un acontecimiento nada menor y representa, sin duda alguna, el motor que le da sentido a la educación. Habitar la escuela sin ellos es casi como contemplar un cuerpo sin vida: su ausencia se constituye en una palpable expresión de frío, de soledad, de tonalidades grises y oscuras que retratan una escuela sin alma.

No alcanzo a entender por qué hay profes que evitan a toda costa el encuentro con sus estudiantes; añoran los paros, las asambleas, los permisos y todo tipo de delegaciones y comisiones que, en todo caso, no permiten el encuentro con sus alumnos. Llegan incluso a publicar en un tablero la cuenta regresiva de lo que falta para acabar el año escolar, aun cuando este se encuentra en sus más incipientes albores. Digo mal al expresar que no alcanzo a entender: sí entiendo. Quienes así actúan sencillamente no son maestros. Sin alumnos no hay escuela; sin alumnos no hay maestros. Precisamente sobre una escuela sin alumnos es que deseo reflexionar en esta oportunidad.

Según una publicación del periódico El Tiempo, en la última década se han cerrado 6.236 colegios públicos y privados en Colombia. Este dato debe llamar la atención de las autoridades en general, pero de manera particular del sector educativo. Las instituciones educativas, las secretarías de educación, las facultades de educación y los órganos legislativos deberían incorporar con carácter de urgencia esta problemática en sus agendas, pues hasta ahora parece diluirse en la cotidianidad del país sin generar la alarma, el asombro, la sensibilidad ni la acción que demanda.

Este fenómeno se explica a partir de tres hechos claramente identificados. El primero es que la explosión demográfica presenta índices alarmantes de disminución de la natalidad. Aproximadamente, y en el mejor de los casos, los niños que ingresan cada año a su nivel de educación preescolar solo alcanzan a compensar el 60% del número de jóvenes que egresan como bachilleres. Esta preocupante realidad no ha merecido la atención de las altas autoridades de gobierno en cuanto al diseño de políticas públicas que contrarresten sus consecuencias.

En segundo lugar, las políticas públicas en educación resultan obsoletas y no responden a las necesidades y demandas de lo que los chicos quieren y necesitan aprender hoy. El actual plan de estudios tiene una antigüedad caduca de más de 200 años. Esta situación desmotiva la presencialidad escolar y lleva a que muchos jóvenes prefieran los programas de validación y los programas virtuales de titulación.

Finalmente, los colectivos de maestros, tanto en colegios como universidades, no han asumido la responsabilidad de prepararse para una escuela sin alumnos. Por el contrario, la organización escolar continúa inmersa en estrategias que desmotivan la presencialidad y que, en muchas ocasiones, se convierten en demoledores motores de exclusión. Algo tan simple como reconocer que, siendo menos estudiantes, no se ha rediseñado la escuela para vivir mejor. Siendo menos, hay más tiempos, mejores espacios y, por tanto, los procesos y los resultados tendrían que mejorar la calidad educativa.

Espero que todos los actores de la educación asumamos responsablemente esta reflexión y el compromiso que nos corresponde, y que nuestros niños no tengan que ser, una vez más, los protagonistas de la bella obra literaria de Jaime Lopera Gutiérrez y Martha Inés Bernal: La culpa es de la vaca.