Julián Escobar Rincón* - www.drjulianescobar.com
Manizales ha sido históricamente una ciudad asociada al civismo, a la seguridad y a la tranquilidad. Nos enorgullecemos de ello. Sin embargo, durante los meses de diciembre y enero he atendido, desde mi ejercicio profesional, a numerosos pacientes víctimas de un fenómeno tan desafortunado como cada vez más frecuente: la violencia derivada de la intolerancia.
Vivimos tiempos de afán y de posiciones extremas. Todo parece reducirse a bandos: bueno o malo, amigo o enemigo, correcto o despreciable. En ese esquema no hay espacio para el matiz ni para el diálogo. El otro deja de ser un ciudadano con derechos y pasa a convertirse en un obstáculo, una amenaza o un adversario. Ese es el punto crítico: cuando la diferencia deja de tolerarse, la agresión empieza a justificarse.
La violencia no es solo física. También es verbal y simbólica. Está presente en el insulto cotidiano, en el discurso público que estigmatiza, en la burla al más vulnerable y en la indiferencia frente al dolor ajeno. Estas formas “menores” de violencia son, en realidad, el terreno fértil sobre el cual se construyen las agresiones más graves. Ningún acto violento extremo surge en una sociedad que cultiva el respeto y establece límites claros.
Es un error pensar que la intolerancia es un problema exclusivo de ciertos grupos, ideologías o contextos sociales. Atraviesa todos los espacios: la familia, la escuela, el trabajo, la política y las redes sociales. Y aquí hay una verdad incómoda: todos, en algún momento, hemos sido parte del problema. Callar frente al abuso, replicar el insulto o celebrar la humillación del otro también constituye una forma de violencia.
Combatir la intolerancia no implica renunciar a las convicciones ni aceptar todo sin crítica. Significa comprender que el desacuerdo no amerita agresión. Una sociedad sana se sostiene sobre reglas, argumentos y respeto, no sobre gritos, amenazas ni golpes.
La responsabilidad no recae únicamente en el Estado o en las instituciones, aunque su papel es fundamental. Comienza en lo cotidiano: en cómo hablamos, cómo educamos, cómo resolvemos los conflictos y en el ejemplo que damos. La violencia disminuye cuando se recupera una idea básica pero esencial: el otro es una persona, no un enemigo.
La intolerancia divide; la violencia destruye. Ambas se alimentan del miedo y de la ignorancia. Como ciudadanos, tenemos el deber de construir una sociedad más tolerante. No olvidemos que las consecuencias de la ira desatada por la intolerancia pueden dejar heridas que acompañan toda la vida, tanto a quien las sufre como a quien las provoca.
* Cirujano de mano y miembro superior, ortopedista y traumatólogo.
Haga clic aquí y encuentre más información de LA PATRIA. Síganos en Facebook, Instagram, YouTube, X, Spotify, TikTok y nuestro canal de WhatsApp, para que reciba noticias de última hora y más contenidos.